31/05/2020

Nuevos museos para nuevos cuerpos
IKER FIDALGO ALDAY
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La museografía es el campo que propone el estudio de las prácticas, técnicas y modos de organización del contenido de un museo. Desde la presentación de objetos, textos y documentación, hasta análisis de recorridos, iluminación y relación con la arquitectura propia del lugar. Como todo mecanismo para la organización de contenido cultural, su funcionamiento nunca es inocente. La disposición y ordenación actúa bajo una lógica cultural que corresponde a un sistema hegemónico. No hay más que acercarse a museos de antropología en cuyas vitrinas se exponen máscaras, trajes o reliquias traídas a occidente fruto del expolio colonial.

Por otro lado, los cuerpos que visitan los centros se entienden a través de una serie de parámetros que se proyectan para cánones normativos cuando, por ejemplo, se establece la altura media de una mirada para la colocación de una obra. En el caso de los museos de arte contemporáneo, este conjunto de normas han sido disueltas en muchas ocasiones, desde las propias propuestas artísticas y comisariales. Sin embargo, nuestro comportamiento como público que habita el lugar expositivo durante un momento concreto, los flujos de paseo o las zonas de visita son previstas y programadas para la organización en sala.

En este momento que estamos viviendo, nuestros vínculos interpersonales han cambiado de manera radical y traumática. El contacto físico y el tacto se erigen como un peligro, el del contagio, que, precisamente por ser causado por un enemigo invisible y microscópico, consigue apoderarse de nuestras rutinas y no abandonar nunca nuestra forma de actuar.

A partir de ahora, nuestras visitas a museos y centros de arte comenzarán a regirse por una serie de protocolos sanitarios en los que nuestra conexión con el contenido se alterará completamente. Desde los tiempos limitados para visitas, la distancia entre personas, controles de sintomatología y prohibición de determinadas conductas, dejaremos de ser el público que éramos antes de esta situación. Con todo, entramos en un nuevo periodo en el que, si nuestras normas sociales ya no son las mismas, nuestra manera de interactuar con las piezas tampoco lo seguirán siendo. El arte actual se enfrenta a un nuevo reto que es el de pensar en la concepción de su contenido desde un paradigma completamente diferente y marcado por una fragilidad de lo táctil y de la proximidad. Caminar a través de una proyección, sentir la textura de un determinado material en una instalación o incluso acercarnos a un micrófono o a un cristal pasarán a ser acciones extremadamente controladas e incluso vetadas. La pregunta es si el arte y sus mecanismos de exhibición sabrán crear un nuevo lugar capaz de incidir en estas nuevas formas de contacto con el público. Quizás, los momentos de crisis sean el mejor escenario para imaginar otros modos posibles.

En el año 2001, Andrea Fraser (EEUU, 1965) realizó una performance en el atrio del Museo Guggenheim de Bilbo que quedó documentada en formato vídeo. “Little Frank and his Carp/El pequeño Frank y su carpa” fue registrado con cinco cámaras ocultas. El título hace alusión a una anécdota de la infancia del arquitecto del museo Frank Ghery. En escena vemos a Fraser accediendo a la entrada del museo y adquiriendo una audioguía. Una voz masculina le invita a relajarse y a admirar las sensuales y sinuosas curvas diseñadas por el arquitecto. La artista parece ensimismarse con la narración hasta el punto de tener un pequeño acercamiento sexual con una de las columnas a la vista de turistas y visitantes. Una reflexión sobre los mecanismos de poder masculino, la sexualidad ligada al éxito y la dominación de la cultura por sistemas eminentemente patriarcales. Veamos si somos capaces de no repetir los mismos errores.