31/05/2020

Salvarlos a todos
IGOR FERNÁNDEZ
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A estas alturas, y más en las circunstancias actuales, ya todos tenemos claro que somos interdependientes, que ningún coto mental, social o administrativo nos protege de la vida, de la enormidad de eventos que nos pueden afectar. Lo que sucede en la otra parte del globo tiene la potencialidad de llegar a nosotros en forma de efecto, cuestionando en poco tiempo los qué y los cómo de esta parte del mundo. Y, ante la conciencia del potencial peligro de los otros, de su sufrimiento, nosotros, nosotras, actuamos de formas diversas.

Cuando vemos a otros en peligro, hay quien aparenta indiferencia, hay quien trata de hacerse a un lado para que no le afecte, hay quien se asusta y reacciona con más intensidad de la necesaria, hay quien puede tolerarlo como parte de la vida del otro, y hay quien se apresura a calmarlo, aunque le suponga un enorme esfuerzo. A todos nos resulta diferente ver sufrir a los nuestros, por lo general nos cuesta mucho más sobrellevar su sufrimiento o su malestar incluso, en comparación con otras personas más lejanas. Llegamos a veces a sentir que su malestar es mucho peor que el de otras personas, lo que nos lleva a imaginar escenarios más difíciles, o a pensar que no van a ser capaces de superarlo si nosotros, nosotras, no hacemos algo, si no les ayudamos. Y, ¿cómo no desear que los nuestros no lo pasen mal? ¿Cómo no intentar hacer algo?

Nuestros seres queridos nos influyen y nosotros influimos en ellos, si bien esa influencia, en lo que al dolor de unos y otros se refiere, no tiene necesariamente por qué ser una fusión. En el entorno emocional cercano de familia, amigos, pareja, el propio vínculo de intimidad hace que la empatía se ponga al servicio de comprender en sintonía, pero a veces también de sentir lo que el otro, con el mismo nivel de intensidad. Cuando esto sucede, cuando nos hacemos uno con el sentir del otro, sin poner distancia y sin darle una distancia con nosotros, con nosotras, a quien siente, quizá no seamos tan de ayuda como creemos.

En principio cabría pensar que nada como sentir las cosas como el otro puede ayudarle, pero es una hoja de doble filo, ya que corremos el riesgo de dejar a esa persona sola. Pensemos por un momento qué nos pasaría si tenemos miedo de que nos despidan pero a quien se lo contamos tiene el mismo que nosotros o más, o si estamos alegres por una buena noticia y quien participa con nosotros se entusiasma mucho más, o si estamos tristes y nuestro partenaire se derrumba.

Probablemente nos sentiríamos hablando solos. Cuando escuchamos las emociones de otros, sentir con la misma intensidad o más, también nos convierte a nosotros en el centro, casi dando la vuelta a la tortilla –¿cuantas veces hemos oído eso de «no se lo cuento porque se lo va a tomar peor que yo»?–.

A pesar de que ver sufrir o doler a otros que queremos nos azore, esa persona necesita de nosotros que le permitamos poseer su emoción y lo que significa, sin quitársela o evitársela, sin ahorrar más malos tragos que los imprescindibles para evitar el ensañamiento de la vida. Es casi como si en esos momentos pensáramos que podemos ahorrar sufrimiento sintiendo por ellos, porque ellos no van a poder solos. Y probablemente en eso algo de razón tengamos, que haga falta resonar para ayudar, pero tratar de evitarle el dolor propio en lugar de acompañar –y hacer lo posible por mitigar– es también arrebatarle a quien atraviesa lo desagradable la posibilidad de construir su propia salida, aquella que solo puede encontrar él o ella, la que va a permanecer a lo largo del tiempo, escuchando su propio sentir.

A veces, cuando las personas hacen lo que decimos, aunque les venga bien, renuncian a su propia capacidad de crecer. Sin duda hay momentos en los que necesitamos que otro se encargue de todo, pero siempre necesitamos que el resultado sea nuestro.