Empatizar

La irritación es habitualmente el resultado de los asuntos inconclusos. La hipersensibilidad ante las contradicciones o, simplemente, el malestar vital puede convertirse en intolerancia, no necesariamente por una convicción ideológica, sino porque, para algunas personas no sea posible tolerar más. Dejando a un lado los motivos concretos del malestar -ya que estos siempre van a variar-, es habitual que el fondo de los mismos tenga que ver con un dolor que no se ha podido digerir o superar.
Y es que, aparte de generar miedo o confusión, quien quiera manipularnos también nos intentará hacer sentir incomprendidos o aislados, de modo que un otro -elegido- pueda ser señalado como generador de nuestros dolores. Y es que del mismo modo que, una vez que hemos decidido comprarnos unos zapatos, es difícil repensar y distinguir si realmente los necesitamos, una vez que señalamos a un culpable de nuestros males es difícil repensar y distinguir si eso es así. ¿Cuántas veces hemos señalado a nuestra pareja, madre o hijo por un malestar que viene de otro lugar? ¿Quién no ha respondido de forma cortante a alguien que no tenía nada que ver con el origen del sentir? ¿Cuántas veces nos hemos visto buscando razones para imputar a alguien cercano la responsabilidad de lo que no nos atrevemos a reconocer y que proviene de fuera?
Apropiarnos de nuestras emociones es una manera de limitar la posibilidad de culpar a otros. Cuando, por ejemplo, nos saca de nuestras casillas llegar tarde o que nos cancelen un plan, preguntarnos «¿qué me pasa a mí con este tema?» es un paso previo e indispensable para poder negociar con esa persona cómo organizar el horario la próxima vez. Sin eso, no solo convertiremos en culpable de nuestro malestar al otro, asignándole una cualidad en lugar de darle la posibilidad de cambiar de acción, sino que, junto a esa cualidad, le daremos el poder de hacernos sentir bien o mal. Y, según como se den las cosas, eso puede desencadenar que no solo estemos enfadados o enfadadas, sino también que nos convirtamos en dependientes.
Cuando no tenemos el hábito de preguntarle al otro qué le pasa o de preguntárnoslo a nosotros o nosotras mismos; cuando no estamos habituados a valorar que el otro tiene su mundo, diferente al mío, y tener curiosidad genuina por este, se torna en mucho más probable que las diferencias nos resulten inmanejables en momentos de tensión o estrés. La falta de empatía, de comprensión o de cercanía en un conflicto provoca, sin mucha más mediación, reacciones defensivas de igual o mayor intensidad, en un ciclo creciente de incomprensión y desapropiación de las propias reacciones, ya que, a medida que culpamos al otro, perdemos poder. Quién rompa el círculo será el primero que interpele al otro con genuino interés: «Vamos a parar, porque quiero entender cómo lo vives tú». Y se tomará el tiempo de escuchar. Con el tiempo suficiente, surgirán las similitudes que todos compartimos… inevitablemente.

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