La serie que nadie pidió y (casi) todo el mundo verá
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Lamento profundamente verme en la obligación de profanar la tranquilidad dominical con este anuncio: en breve irrumpirá en nuestras pantallas la adaptación televisiva de “Padre no hay más que uno”. Habrá quienes se alegren con la noticia y quienes, en cambio, se encuentren tirándose de los pelos. Que cada cual afronte la noticia como mejor le parezca.
La saga cinematográfica “Padre no hay más que uno”, concebida y protagonizada por Santiago Segura bajo el sello de Bowfinger International Pictures -ya saben, la de “La infiltrada”- se ha erigido en una de las franquicias más longevas y exitosas del cine familiar del Estado español. Desde la primera entrega en 2019, la saga ha mantenido un ritmo casi anual, acumulando cifras muy altas y encabezando rankings de taquilla.
Tras el estreno el pasado verano de “Padre no hay más que uno 5: Nido repleto”, y antes de que Segura vuelva a encarnar a su insoportable alter ego en “Torrente presidente”, febrero nos depara la llegada de la serie de televisión basada en este fenómeno familiar.
Segura, reconvertido casi en empresario, ha comprendido mejor que nadie que lo peor que le puede pasar a una película es fracasar en taquilla. De ahí que su estrategia resulte tan elemental como infalible: repetir la fórmula hasta la saciedad, sin necesidad de renovarse. Su cine actual no busca incomodar ni estimular la reflexión: busca ocupar espacio, convertirse en ritual, en tradición veraniega rentable, en ruido de fondo aceptado y aplaudido.
“Padre no hay más que uno” no es solo una franquicia, es un síntoma sociocultural. Un fenómeno envuelto con esmero en el celofán de la comedia familiar, cuya mayor virtud consiste en no incomodar demasiado, salvo quizá a la paciencia -o a la inteligencia- del espectador más indulgente. Es obvio que quienes acuden a estas películas no esperan la delicadeza formal de Tarkovsky, pero bajo el pretexto infalible de “es para todos los públicos”, todo se convierte en un salvoconducto que permite a la mediocridad transitar impune frente a cualquier crítica.
La saga funciona como un producto perfectamente calibrado para el consumo masivo: moralmente neutro, ideológicamente complaciente y artísticamente anodino. Y quizá ese sea su mayor triunfo -y, al mismo tiempo, su mayor fracaso-: haber convencido a buena parte del público de que esto es lo que la audiencia demanda cuando se trata de comedia popular. Me confieso defensor declarado del género y me resisto a aceptar que esto sea cierto, aunque, por desgracia, los números parecen decir otra cosa.
Hay que reconocer, no obstante, que sostener el interés del público durante cinco entregas -y ahora una serie- es un logro que refleja una notable habilidad para comprender los gustos de la audiencia y explotar con eficiencia las reglas del entretenimiento popular.

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