Perdido en sus pensamientos

Ya para los adultos nos es a veces difícil -y otras imposible- distinguir entre la realidad y lo que nosotros, nosotras, pensamos; nos es difícil saber que nuestra imaginación no es un reflejo o una fotografía de lo que pasa, sino más bien nuestra particular versión de los hechos. La percepción misma de cada individuo está mediada por los sentidos, claro, fisiológicamente, pero también por nuestra historia, creencias o valores, que funcionan como un filtro selectivo sobre lo que es relevante.
Sí, seleccionamos porque no habría manera de sobrevivir de otro modo, porque nuestra atención es limitada y gracias a eso excluimos y elegimos qué es la realidad para nosotros, pudiendo aplicar nuestros recursos, también limitados, al pedacito de mundo que nos afecta y no al inabarcable campo abierto de estímulos que es la realidad. Y sí, a menudo nos confundimos, nos arrojamos a ese delirio en el que ‘mi’ mundo y ‘el’ mundo parecen ser la misma cosa. Entonces, los miedos íntimos se proyectan como peligros probables en la cotidianidad, o los deseos privados como deseos que los otros también tienen. Esta es una de las razones por las que es tan complicado a veces ponerse de acuerdo, en particular cuando no nos tomamos, por un lado, la distancia entre esos dos reinos y, por otro, el tiempo de conocer en qué mundo vive el otro; es decir, cuáles son sus referencias, sus interpretaciones o sus deducciones, tan particulares y parciales como las propias.
Como decimos, ya es difícil para los adultos, y lo es aún más para los niños, para las niñas. En particular en una época, la de los ‘años mágicos’ en la que la imaginación tiene una fuerza inmensa, al punto de que incluso las imágenes más extrañas o fantasiosas parecen para ellos ser reales y palpables, al punto de ser desasosegantes. A veces, en cambio, esos monstruos no son animales extraños o sombras y seres fantásticos, sino asociaciones con las que se obsesionan. Es decir, a veces, con esa misma lógica y exuberancia, un niño puede asociar una expresión que oye como una verdad vinculante si esta es suficientemente estimulante, significativa del momento y elicita suficiente emoción. Por ejemplo: «¿mis padres se separan por mi culpa?», o «¿me puedo morir si cojo un tren para ver a mis abuelos?». Estas ideas se pueden volver obsesivas por reiterativas, por intrusivas, por intrigantes y, a menudo, por irresolubles; y es que esos son los inicios de un pensamiento abstracto hambriento por encontrar asociaciones y resolver lo que sea que esté sucediendo en su mundo.
Y, al igual que los adultos necesitamos que alguien nos muestre que nuestro mundo y el mundo no son la misma cosa, los niños necesitan de nosotros que tengamos el interés suficiente como para llegar a la emoción detrás de esas ideas y poder ayudarles con estas, aunque no entendamos mucho de monstruos o sombras extrañas.




