El 3D de Billie Eilish y James Cameron

Reconozcan que al leer este titular han sentido una inevitable curiosidad por entrar en este texto y averiguar qué hacen conviviendo en la misma frase Billie Eilish, James Cameron y el 3D. Billie Eilish no necesita presentación, aunque nunca está de más recordar que la cantante y compositora estadounidense se ha consolidado como uno de los fenómenos más influyentes del pop contemporáneo. A sus 24 años, Eilish ha recibido múltiples galardones y reconocimientos por todo el mundo.
Del ámbito musical pasamos al cinematográfico para hablar de James Cameron, quien, en principio, tampoco requeriría demasiada explicación. O quizá sí, si alguien ha tenido la suerte de vivir ajeno al persistente resplandor azul de “Avatar”, la saga interminable que el director parece decidido a prolongar hasta que Pandora sea declarada patrimonio de la humanidad. Un director que sigue empeñado en recordarnos, entrega tras entrega, que el futuro del cine pasa por su mesa de trabajo y por mundos azules que parecen no agotarse jamás.
Y así, casi por una lógica industrial incuestionable, ambos nombres -Eilish y Cameron- confluyen en un proyecto que llegará a las salas antes del verano: “Billie Eilish. Hit Me Hard and Soft - The Tour (Live in 3D)”. Una gira mundial reconvertida en acontecimiento cinematográfico porque, si algo ha demostrado la industria cultural reciente, es que todo puede -y debe- reciclarse como evento premium. Que se lo pregunten, si no, a Taylor Swift.
La cantante debuta aquí como codirectora de la película de su última gira, compartiendo autoría con Cameron, quien, cómo no, aporta el despliegue tecnológico y la solemnidad de quien se sabe -o se cree- en plena re-escritura de la historia del medio. El filme estará rodado en 3D y, según palabras del propio director, «nadie ha grabado un concierto a esta escala», empleando además «tecnología que nadie ha utilizado antes». Declaraciones que, viniendo de Cameron, funcionan casi como un lema corporativo, un mantra que reaparece puntualmente cada vez que se pone en marcha una de sus producciones.
La película, por cierto, no se presenta tanto como un concierto filmado, sino como «una experiencia innovadora», expresión comodín destinada a sugerir que se superará lo ya visto en proyectos anteriores de la artista.
Y es aquí donde no se puede evitar cierto cansancio. Ese afán casi patológico de Cameron por ser pionero, por inaugurar territorios vírgenes y reclamar la bandera antes que nadie empieza a resultar reiterativo.
Porque, claro, tras el éxito comercial -y mediático- del experimento de Taylor Swift, ¿alguien dudaba de que la industria intentaría repetir la jugada? Esta vez con gafas 3D, épica tecnológica y la promesa de que, una vez más, estamos ante algo que «nunca antes se había hecho». O al menos, eso asegura James Cameron.





