Periodista / Kazetaria
Entrevista
Paco Sagarzazu

«El sentimiento de soledad me incita a escribir»

De extensa y prolija carrera, el actor y dramaturgo donostiarra también cuenta con un currículum -de menor extensión- literario, un ámbito al que se suma el libro «Mis lados oscuros» (Alberdania, 2026), donde reúne casi una treintena de relatos cortos escritos a lo largo de su vida.

Paco Sagarzazu.
Paco Sagarzazu. (Andoni CANELLADA | FOKU)

Seguir el rastro de Paco Sagarzazu (Donostia, 1940) nos llevaría a recorrer los créditos actorales de una basta producción realizada durante las últimas décadas, tanto en pantalla de televisión, de cine o, sobre todo, en las tablas del teatro. Escenarios, entre los que se apilan títulos como “Tasio”, “Salto al vacío”, “Aupa Etxebeste!, “Tartufo” o “El florido pensil”, a los que ahora hay que añadir las páginas de un libro, “Mis lados oscuros”, que recopila casi una treintena de relatos escritos a lo largo de toda su extensa existencia. Lejos de esa vis interpretativa, aunque no tanto si tenemos en cuenta la pulsión por colarse en estas historias bajo el papel de protagonista o de ejercer como “director” de otros personajes, su firma narrativa reluce bajo un trazo costumbrista, en ocasiones realista, otras irónico o incluso portador de un acento lírico, desbordante de humanismo y un cálido sentimiento perceptible en todos sus pasajes, sea cual sea su naturaleza. Un muy diverso itinerario que viaja de París a Turquía o que retrata la infancia, propia o ajena, mientras despliega un catálogo de nombres olvidados por el paso del tiempo a los que decide otorgarles la inmortalidad creativa.

«Mis lados oscuros» recoge relatos cortos escritos por usted a lo largo de muy diversas épocas, ¿en qué momento apareció la determinación de darle forma a este proyecto? He escrito los relatos que componen este libro a través de bastante tiempo, de muchos años. Fundamentalmente en momentos de soledad, sobre todo cuando viajaba por mi trabajo de actor de teatro. Algunos de ellos estuvieron en un proyecto para una colección que auspiciaba el presentador de televisión Pepe Navarro, una idea que finalmente se vino abajo por estrategias de tipo político, como pasa casi siempre en este tipo de cosas. Era el año dos mil, y ese libro, junto a otros tantos, se quedó estancado. Entonces le comenté a una amiga periodista, con la que había trabajado en la radio, que me gustaría publicarlos, junto a otros que he ido escribiendo tiempo después, y fue ella la que se ocupó de ponerse en contacto con la editorial Alberdania, encargada finalmente de editarlo.

Teniendo en cuenta el variado origen cronológico de los relatos recogidos, ¿ha necesitado hacer algún ejercicio de corrección o reescritura con alguno de ellos? He retocado algunos de los más antiguos, porque en ciertos casos me parecían excesivamente largos y he decidido acortarlos un poco. Creo que con los años vas aprendiendo, me parece a mí, aunque a veces por desgracia puede suceder lo contrario, y encontré algunos defectos que traté de subsanar, pero por lo demás son todos originales.

Y dada la lejanía en cuanto al momento de ser escritos algunos de esos relatos, ¿le ha costado verse reflejado hoy en día en ellos o mantienen intacta la identificación con su persona? Lo que pasa es que ya sé que el título del libro, “Mis lados oscuros”, y que encima aparezca mi efigie en la portada, puede dar la impresión de que se trata de algo absolutamente íntimo, pero no se refiere a una alusión directa a mi privacidad, aunque es cierto que me “desnudo” en tres o cuatro ocasiones. En realidad la idea del libro es que ese lado oscuro personal representa la soledad padecida, como te he dicho antes, por mi trabajo itinerante, teniendo que irme fuera a menudo, una situación que me hacía echar mucho de menos a mi gente, mi casa, mi tierra… Ese sentimiento me ha incitado a escribir, y así van surgiendo presencias esenciales de mi vida que acaban constituyendo muchas veces esos lados oscuros. Pero, contestando a tu pregunta, incluso en esos relatos más antiguos, me he reconocido perfectamente cuando tenía que hacerlo. Claro, yo no siempre estoy presente en ellos pero, aunque no lo esté, sí lo están otras personas a las que he conocido muy bien.

Andoni Canellada (FOKU)

De hecho, no son muchos los relatos que están escritos en primera persona, más parece que prioriza dar voz a personajes o sucedidos ajenos. ¿Siente que están relacionadas su faceta de actor y escritor, que de alguna manera se retroalimentan? Absolutamente. Para mí dos cosas importantes en la vida han sido la actuación, fundamentalmente en teatro, que es lo que más he hecho, y luego la escritura también. Por eso, de alguna manera, cuando soy escritor, no dejo de ser actor, no dejo de interpretar. Como dices, son escasos los relatos en los que aparezco en primera persona. Yo para escribir utilizo casi la misma técnica que para actuar, lo que hago es dejar que mis sentimientos salgan a flote y que fluyan libremente, y que yo disfrute o sufra y sea tan bueno o malo o tan complejo como el personaje que describo. Y esto creo que no lo he dicho nunca, pero muchas veces escribo en voz alta para ver cómo sueno y, si me satisface el resultado, lo dejo, y, si sucede lo contrario, pues sigo ahí trabajando hasta que lo consiga.

¿Hasta qué punto entonces estamos ante relatos autobiográficos o frente al resultado de observar aquello que ha sucedido a su alrededor? Lo que escribo no es esencialmente autobiográfico. Siempre, por mi carácter o lo que sea, la gente me ha aceptado bien en su círculo cercano, y entonces he actuado como Asmodeo, esa especie de demonio que husmea a través de los tejados de las casas y se entera absolutamente de todo. Así que he curioseado, he cotilleado mucho y luego todo eso lo he puesto en común conmigo mismo y, a partir de ahí, he ido escribiendo para contárselo a los demás. Pero en realidad todos los relatos llevan un fondo mío personal, porque hablan de mí o porque he estado muy cerca de los acontecimientos que cuento o donde se hace referencia a gente a la que yo he querido o quiero.

¿La realidad es suficiente alimento para su obra, no necesita de la imaginación? Sí, en general, diría que sí, pero también es verdad que hay algunas cosas que son pura imaginación del autor, como se suele decir. Incluso hay como dos o tres relatos que, a mí, leyéndolos ahora, me sorprenden un poco porque no sé exactamente de dónde surgió su idea. De hecho lo indico en alguna ocasión en el libro. Son sentimientos que de repente me salpicaron, y lo hicieron profundamente, y los tuve que escribir porque necesitaba hacerlo.

Aunque hay un estilo común a lo largo del libro, donde predomina un irónico realismo casi costumbrista, también hay una variedad en el tipo de lenguaje utilizado, incluso algunos relatos como «Unicornio» o «Desamor» más parecen poesías. ¿El tema o la idea que quiere transmitir en ellos condiciona en parte también la forma de contarlo? Yo creo que sí, incluso a veces siento, o por lo menos así lo intento hacer, que me pide escribir algo más poético, como has comentado. Entonces por supuesto que influye lo que pretendes contar, pero seguramente lo hace sin ser yo demasiado consciente. Yo tengo cierto oficio en la escritura, primero porque a lo largo de tantos años no he parado de escribir, primero en la radio, luego en mi casa y también en esas soledades de las que hemos hablado, y además porque he leído mucho, es algo que me ha gustado siempre, y al final he ido aprendiendo algo. Por lo tanto, entiendo que, de manera inconsciente, cuando emprendo un trabajo literario, y como mi forma de trabajar es dejarme llevar y no ponerme delante del papel pensando cómo lo voy a plantear, acabo dándole un tratamiento u otro.

En «Viejo pellejo» describe un pasaje que me resulta especialmente tierno. Explica que, cuando pasea y ve dos pedazos de madera pertenecientes a una misma rama separados, le gusta juntarlos para que permanezcan unidos. ¿Es una revelación sobre una parte de su personalidad o significa una figura literaria? Ese relato, por ejemplo, sí que es puro teatro. Comentándolo con unos amigos, les decía que esto me gustaría hacerlo como un monólogo en teatro, ya que en realidad me estoy burlando de mí mismo, porque es verdad que yo de alguna manera sí soy así, pero de otras muchas, no. En esa historia hay rasgos que son auténticos, no te diré cuáles (ríe), pero otros no tienen nada que ver conmigo, aunque me gustaría que sí fueran propios, me gustaría tener ese atrevimiento, pero no lo tengo.

Andoni Canellada (FOKU)

Hay mucho espacio en el libro también para la muerte, pero, al margen de su lógico sentido doloroso, tiene mucho de homenaje a quienes no están, de la imborrable herencia que dejan en nuestras vidas. ¿Su literatura funciona como una forma de inmortalizar a esa gente y sus recuerdos? Desde luego, cuando hablo de alguien que ha desaparecido, pongo todo mi empeño en tratar de que siga estando, tanto para mí como intento posibilitar que para los demás también. A mí me da mucha pena la gente que ha desaparecido en mi vida. Karmele Saint-Martin, por ejemplo, una estupenda escritora vasca, autora de un libro, “Nosotras las brujas vascas”, que yo creo que merece la pena recordar y volver a leer y que está totalmente olvidada; o Miguel Miralles “Gilito”, con quien no solo estuve trabajando en la radio, escribiendo en un programa infantil que a los niños y las niñas les encantaba de Radio San Sebastián que él presentaba, sino que fue director de La Fanfare Los Pomposhos, que alegraba las calles de Donostia durante los años cincuenta y sesenta. En ese mismo programa estaba un músico, el compositor Perico Ugalde, quien escribió una canción que se llama “San Sebastián”, un bolero muy bonito que recuerdo perfectamente, lo sé incluso cantar todavía, y que interpretaba una mexicana, Ana María González, que tenía una voz maravillosa. Evidentemente no soy tan tonto como para no darme cuenta de que todos nos moriremos, y como el título de aquella película, que nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto. No sé si por mí me dará tanta pena, pero por gente a la que he querido, estimado y admirado, sí. Por eso quiero recordar que han existido y que ha sido gente que ha hecho cosas muy interesantes.

En «Solos», una pintora y un actor debaten sobre el sentimiento que debe mover a la creación artística, convirtiéndose en una disputa entre el odio y el amor como motor para la inspiración. ¿Ha escogido para su literatura uno de esos dos «bandos»? Yo soy más bien como el personaje que dice que ella no pone nunca odio en su obra, que hace referencia a una pintora concreta que ahora ya no está entre nosotros, pero que era verdad, su obra y su persona apostaban por el amor. Yo me acerco mucho más a esa idea, y me parece a mí que todos deberíamos hacerlo. El director que aparece en el relato me ve a mí, porque en esta historia sí que aparezco yo mismo, demasiado ingenuo como para interpretar un papel que no es para nada de esa manera, sino que es más bien un cínico. Entonces de ahí surge esa conversación.

La sexualidad se cuela en varios relatos, muchas veces en forma de instintos escondidos por la presión de un tiempo pasado especialmente opresivo. Desde la década de los cuarenta hasta los setenta hemos sido reprimidos en todos los sentidos, no solo en la parte sexual, ahora me doy cuenta todavía más de esos años del puto franquismo, era horroroso cómo estábamos bajo la suela de los mandamases. De alguna manera tiendes a olvidarlo, porque recordarlo es volver a sufrirlo. Cuando lo vives en su momento, no eres consciente, piensas que esa es la normalidad, que no existe otra cosa, pero lo cierto es que no teníamos libertad para casi nada.

Uno de los relatos más curiosos es «Juana la loca», donde nos hace partícipes no solo de la historia, sino de todo el proceso que supone el encargo que le hace su amigo Iñaki Zubizarreta para que cuente un episodio de su infancia. ¿Su literatura es también heredera de esa tradición oral? La persona que a mí me transmite concretamente esa historia es un hombre cultísimo, amante de su tierra, de los bertsos, de la oralidad. Fuimos muy amigos, y yo como por desgracia no sabía escribir en euskara, todo lo que hice en ese idioma fue gracias a su ayuda, a su traducción. Con motivo de esa estrecha relación tuvo la confianza de encargarme contar una historia que me conmovió mucho, pero al mismo tiempo quería que él estuviera constantemente presente en ella, porque era algo tan suyo que no quería quitarle ese protagonismo, y es lo que intento; todo lo escrito en ese relato fue exactamente lo que pasó. Si antes te decía que cuando me pongo delante de un folio en blanco no tengo pensado cómo voy a hacerlo, que me dejo llevar, en este caso fue al revés, tenía muy claro el método: conseguir hacerlo absolutamente suyo, sin yo tener mucho que ver.

Andoni Canellada (FOKU)

Relatar episodios de la infancia es un paisaje constante a lo largo del libro. ¿Es una época que deja mucho poso a lo largo de los años? Con el paso del tiempo todavía más. Los que nos hacemos viejos, tendemos a rememorar aquellos tiempos, y te entra melancolía, a pesar de que muchas veces fueron épocas muy duras, pero en ese momento no eras consciente, es más adelante cuando puedes juzgarlo con objetividad. Vas perdiendo además mucha gente por el camino a la que has querido, mientras estás trabajando y activo no te paras tanto a reflexionar y recordar pero, cuando tienes ya una vida reposada, lo haces y surge esa nostalgia, aunque en mi caso procuro estar ocupado y haciendo cosas, porque dejarse llevar por ese sentimiento no es demasiado bueno.

¿No le ha generado cierta incertidumbre que aquello contado a través de la memoria no sea fiel con lo que sucedió, sino con lo que usted recuerda? Eso es verdad, al final muchas veces lo que se recuerda no tiene por qué ser fiel a la realidad, pero tengo la impresión, y hasta la ilusión, de que cuento con una buena memoria, y de que la mayoría de lo que relato no es muy diferente a lo que viví. También hay que tener en cuenta que cuando escribes siempre inventas, eso es inevitable, pero lo esencial, me parece a mí, respecto a lo sucedido, no se me ha escapado.

Volviendo a «Viejo pellejo», que lo considero uno de los mejores relatos del libro, también es el más irónico. ¿Para enfrentar el presente, y un tiempo actual desconcertante, a veces la mejor forma de hacerlo es a través de una mirada más ácida? Se trata de uno de los últimos relatos que he escrito, y se lo dedico a un amigo de la infancia que ha fallecido recientemente. Casi todas mis vivencias hasta la adolescencia las he compartido con él. Por eso quería contar algo que le hiciese reír, ya sea de mí, de él, o de todo. Por eso me inventé ese “viejo pellejo” que tiene fragmentos absolutamente verídicos y otros inventados. Pero el resultado me dejó un poco frustrado, a mí personalmente me gusta mucho y me divertí mucho escribiéndolo, también le pasó lo mismo a muchas personas allegadas que se reconocen fácilmente en el relato. Sin embargo, cuando se lo di a leer a esa persona a la que estaba dedicada, se quedó con cara de “qué tontería es esta”. Entonces esa reacción me generó una sensación un poco extraña.

¿Sentir que uno está observando y plasmando en literatura vidas ajenas le ha generado algún tipo de pudor o de sensación de estar invadiendo la privacidad de otras personas? En algún momento puede ser, pero siempre lo he hecho con buena intención. Sin ser consciente puede que haya incomodado, pero en realidad no me preocupa porque sé que no lo he hecho con ninguna mala fe, al contrario, lo he hecho con cariño. En este sentido, hay una anécdota precisamente relacionada con ese relato de “Viejo pellejo”, donde, aunque se trata de personajes ficcionados, están basados en reales. Entre ellos hay una mujer, y aunque ella se lo tomó a broma, que me pidió que cambiara su nombre, ya que decía algo malo de sus hermanos y tenía miedo de que estos se pudieran enfadar o sentirse incomodados. Lo hice, pero me extrañó que no entendiera que se trataba de un texto irónico, y de hecho estoy seguro de que ellos se lo hubieran tomado bien.

El libro se cierra con «Testamento», que, pese a su título, lo escribió durante su juventud, donde busca una paz última, y frente a ese mundo cruel hace un llamamiento a abrir la ventana porque podemos encontrar algo muy hermoso. Años después, ¿sigue pensando de esa misma forma? Sigo pensando igual, por supuesto. Es verdad que tienes tus momentos oscuros. Además, el mundo en el que vivimos no es nada halagüeño ni esperanzador, pero otras veces, sin embargo, eres consciente de lo bonita que puede ser la vida, y lo maravilloso que es vivirla; morir puede significar en ocasiones el final de esos sufrimientos, pero también supone dejar de disfrutar de muchas cosas que merecen mucho la pena.