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El país que nos venden


Pero no deberíamos desdeñar la acción política, mientras aguardamos el cambio gradual en la opinión pública que debe lograrse a través de la educación y la información. El mundo de los negocios debe aprender la lección (...). La lección de que el poder político es necesario; que este poder debe de ser asiduamente cultivado, y que, cuando convenga, debe utilizarse agresivamente y con determinación». Las anteriores palabras son de Louis Powell, miembro del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en 1971, y resumen el programa político e ideológico que las élites económicas dictaminaron a partir de esos años y que hoy aún sufrimos. Es, al fin y al cabo, el modelo neoliberal como nueva fase del capitalismo.

Estas palabras nos muestran como ese programa enunciado por Powell que, aunque no muy conocido, recoge la esencia de la acción que emprende la clase económica dominante para abordar el desmontaje del estado del bienestar, la limitación del papel del estado en el control de la economía y la liberalización absoluta de los mercados, quienes se erigirán en verdaderos autócratas de la vida social, económica y política de los estados. Cierto es que en la vieja Europa este proceso tardó en su implantación unos años más gracias a la alta conciencia social y a la fuerza de los sindicatos. Sin embargo, una vez domesticados la mayoría de éstos últimos, la crisis que estalla a partir del 2008 se convierte en la gran oportunidad para instaurar definitivamente la nueva sociedad (aunque vieja, pues en cierta forma supone una refeudalización de las relaciones sociales y laborales) a que aspiran los poderes económicos en el neoliberalismo.

Hoy, en este mismo proceso nos «venden» la salida de la crisis y nos «venden» un nuevo país. Ya hablemos de Euskal Herria, ya sea del estado español, de Grecia, o de... Se pretende que asumamos, que interioricemos y aceptemos plenamente, que no hay alternativa al modelo a imponernos; modelo en el que las relaciones laborales, pero también las sociales, las de género y las políticas han cambiado radicalmente. Definitivamente quedan atrás los tiempos de los derechos y de lo humano, y avanzan los tiempos de los recortes, de la sumisión y del «sálvese quien pueda».

En torno a la salida de la crisis, ésta la argumentan y sostienen solo en datos macroeconómicos (crecimiento del PIB, aumento de las exportaciones, etc.) que únicamente afectan a los de arriba. Sin embargo, nos ocultan la otra realidad existente: el país social que nos invisibilizan y en el que realmente vivimos los de abajo, la mayoría de las personas. A ese país no llegan, ni llegarán, los beneficios de ese crecimiento de no se sabe cuantos puntos, aunque nos prometen que si somos dóciles, algún día también podremos percibir la mejoría. Nos ocultan los millones de parados o el aumento continuo y constante de los índices de pobreza. Por supuesto, no nos hablan de la brutal brecha de desigualdad que sigue creciendo entre una minoría cada vez más rica y las grandes mayorías empobrecidas, y nos tratan de confundir con discursos populistas y xenófobos que pretenden que la pelea sea entre pobres o que nuestro enfado lo dirijamos hacia la población emigrante. De esto último tenemos ejemplos demasiado cercanos y debería ser una determinación de la clase política consecuente acabar con ellos y no seguir alimentándolos aunque sea indirectamente manteniendo a sus protagonistas en el poder del nivel que sea. Pero aquí también nos venderán que «la democracia es así» y ellos no pueden hacer sino respetarla a costa de quien sea.

Al tiempo de todo lo anterior, lo que se pretende instalar es el nuevo modelo de sociedad y éste hay que subrayar que se busca sea estructural; es decir, no es puntual, no es coyuntural para el tiempo que la crisis siga durando, sino que se pretende duradero como nuevo sistema dominante. Y se quiere así por el hecho de que afecta directamente a las bases rectoras de la propia sociedad y tanto a sus ámbitos sociales, como económicos, políticos e ideológicos.

Pero como señalamos el país que se nos oculta, pretende venir para quedarse por mucho tiempo, si no somos capaces de impedirlo. El paro se sitúa en estos momentos en torno al 16% en Euskal Herria y al 24% en el estado español y ya se empieza a hablar, a informar, a hacernos entender que, aunque bajen dichos índices, el desempleo estructural siempre será alto; mucho más de aquel que se consideraba antes de la crisis, que se fijaba en torno al 5%. Así, a pesar de que el crecimiento del PIB ya lo colocan por encima del 2%, acto seguido nos dicen bajito que esto no supondrá sino la creación de unos pocos, muy pocos, miles de empleos.

Pero parejo con esos datos anteriores, incluso aunque creyéramos en esa salida inmediata de la crisis y el futuro de un país mejor, hay más preguntas que los poderes económicos y gran parte de los políticos, no quieren ni tan siquiera plantear. ¿En qué condiciones salimos?, ¿todos salimos?, ¿las mujeres también y en las mismas condiciones que los hombres?, ¿se avanzará en niveles de igualdad o seguirán creciendo a pesar de esa salida los niveles de desigualdad entre las personas? Los datos más recientes nos dicen, por ejemplo, que el nivel de renta de la mayoría de las personas sigue cayendo año a año, pero además, que las mujeres ganan como media unos 10.000 euros menos al año que los hombres. Nos dicen que el riesgo de pobreza afecta en Euskal Herria a más del 10% de la población, y en el estado español ya supera el 22%, pero ese mismo riesgo y el de exclusión social en menores de 16 años, en el conjunto del Estado español ya afecta a más del 35%. Nuevas generaciones sin futuro.

A todo lo anterior le puede acompañar una evidente explicación, que también se oculta, pero que define el actual modelo de sociedad a implantar por el neoliberalismo. Además de al desempleo y al ya mencionado brutal aumento de la desigualdad, reflejo palmario de la no redistribución de la riqueza por mínima que ésta pudiera ser, se une la precariedad estructural. Instalada ésta no como consecuencia de la crisis, sino como razón de ser del sistema para mantener el dominio de las élites económicas sobre la mayoría de la población. Empleo temporal, precario y mal pagado explica el aumento de la pobreza incluso entre aquellos y aquellas que se nos dice abandonan las listas del desempleo; no permiten el desarrollo de una vida digna. Y al mismo tiempo procura personas dóciles a los requerimientos del sistema dominante.

Y la precarización del trabajo es, por lo tanto, razón básica de la precarización de la vida. Porque ya no solo hablamos de no tener trabajo, sino también de no tener los suficientes recursos para vivir con dignidad, incluso teniendo oficialmente uno o varios puestos de trabajo. Y a todo ello unimos por último también las medidas políticas de recortes de derechos, de la capacidad instalada para el cuestionamiento del sistema, de las posibilidades reales de la democracia restringida que vivimos para generar alternativas verdaderas de transformación a fin de construir sociedades más justas y equitativas. Ya tendremos así el cóctel de mentiras, manipulaciones y, sobre todo, de control político por parte de lo que Powell definía en las palabras iniciales de este texto como «el mundo de los negocios». Control del poder político para poder utilizarlo «agresivamente y con determinación», por supuesto en función de sus intereses y beneficios y no para la mejora de las condiciones de vida de la sociedad en su conjunto. Esta es la salida de la crisis, este es el país que nos venden: ¿compramos?