23 OCT. 2015 CRÍTICA «La cumbre escarlata» Recargada lectura iconográfica del romanticismo gótico Mikel INSAUSTI Al igual que le sucede a Tim Burton en sus últimas películas, lastradas por una recargadísima producción artística, Guillermo del Toro se deja llevar por una lectura iconográfica del romanticismo gótico, en la que el diseño visual ahoga cualquier asomo narrativo del trasfondo literario del subgénero. Es como si Manderley se comiera a los personajes de la novela de Daphne Du Maurier “Rebeca”, porque en “La cumbre escarlata” la mansión fagocitadora, que se llama Allerdale Hall, actúa a modo de continente que absorbe cualquier posible contenido. Los seres que habitan la casa embrujada del cuento no parecen de carne y hueso, debido a que el guion escrito por el propio cineasta mexicano y el veterano Matthew Robbins los convierte en elementos simbólicos, tan etéreos como los mismos fantasmas o insectos que habitan el sombrío lugar. Porque, bien mirado y desde un punto de vista metafórico, las polillas que amenazan a la mariposa cobran un mayor significado si cabe dentro de la historia que transcurre a caballo entre el siglo XIX y XX, en una especie de limbo victoriano. La falta de conexión íntima entre texto e imagen proviene de que la protagonista es una escritora que representa al Nuevo Mundo que avanza la liberación de la mujer, mientras que su marido forma parte de la decadente aristocracia del Viejo Mundo que agoniza en sus ruinosos castillos y palacios donde se rinde culto a un pasado puramente ornamental. Quiero decir que Roger Corman, tal vez por ser estadounidense, consiguió el perfecto equilibrio entre el fondo de Edgar Allan Poe y una forma cinematográfica tanto o más esencial. Esa simbiosis no se da así en “La cumbre escarlata”, que funciona mejor en su desaforado esteticismo de colores tomados prestados de las películas de la Hammer inglesa o del maestro italiano Mario Bava, para mayor culto al rojo carmesí de tonalidades sangrientas.