26 DIC. 2015 DE REOJO Incomparable Raimundo Fitero La verdad sea dicha: ¿a quién le interesa lo que diga o deje de decir un reyecito? Lo único que puede interesar, y por solo acumulación de mazapanes en las neuronas, son las bromas en las redes del día después. Las interpretaciones de las gestualidades, del marco, incomparable, indudablemente, y del color de la corbata, en esta ocasión morada. Pero uno se despierta sin haber visto ni oído nada y le bombardean por todos los flancos con opiniones, interpretaciones e imágenes repetidas. Que utilicen nada menos que un majestuoso salón del Palacio Real es un síntoma del delirio monárquico. El segundo rey reinante de un reino corrupto y moroso se dispone a hablar a la plebe utilizando los medios de comunicación. ¿Qué les dice a sus súbditos? Nada. No dice nada porque no tiene nada que decir. Es una postal navideña que mantiene la tradición del cartón piedra, de los belenes múltiples, esos que creen que estilizando la figura de “caganer” ya se entra en la modernidad. O en la posmodernidad posmoderna. Estos anacronismos forman parte del sistema, del discurso oficial y utilizar ese lugar tan recargado de connotaciones imperiales donde se reúnen los generales para celebrar pascuas y los embajadores para lucir entorchados, es un mensaje de soberbia, para dejar muy claro que es el rey impuesto, el que ni va vestido ni desnudo, sino que forma parte de un problema de falta de democracia. Se impone un legado que utiliza una ruta dinástica proclamada por Franco. Y lo llaman monarquía parlamentaria. Con dos coronas o tres o cuatro. Bisutería política. Lógicamente debe proclamar la unidad de su reino, de su chollo, de sus huestes. Y no habla de corrupción porque es de lo único que podría hablar con propiedad. ¿Quién le escribe esos monólogos arcaicos y petulantes? Incomparable.