29 FEB. 2016 CRÍTICA «La decisión de Julia» Instantes finales en una vida llena de recuerdos baldíos Mikel INSAUSTI Las limitaciones escénicas están hechas para romperlas, para potenciar la imaginación que no admite barreras físicas. El problema sobreviene cuando el escenario único es una consecuencia directa de la falta de medios, algo que hace tiempo se ha convertido ya en un condicionamiento y, hasta si me apuran, en una imposición coyuntural a consecuencia de la crisis del sector cinematográfico en el Estado español. Es como si entre las producciones comerciales financiadas por los canales televisivos y las realizaciones independientes de bajo presupuesto no existiera ninguna opción intermedia. La expresión viviente de ese vacío creativo la personifica el gallego Norberto López Amado, un realizador de televisión que en sus intermitentes incursiones en la pantalla grande no termina de encontrar una salida viable. Al estrenar su tercer largometraje, tras un thriller de terror sicológico y un documental, opta por un drama interiorista rodado en blanco y negro. Al minimalismo de la puesta en escena añade por tanto el ascetismo estético, por no hablar de que se decanta por una temática existencial relacionada directamente con la muerte. Y hay quien da por hecho que tales elecciones equivalen automáticamente a hacer cine poético y trascendental. Está claro que no nos libramos de los tópicos ni en las películas de autor teatralizadas. Porque a nada que se instala la memoria en el argumento, ya sea la colectiva o la subjetiva, volvemos a unos convulsos años 80 marcados por la violencia en Euskal Herria. Y la protagónica Marta Belaustegui, que pasa por el trance de la muerte asistida en la habitación de un céntrico hotel madrileño, recuerda su historia de amor impedida con un activista vasco, encarnado por un a todas luces poco apropiado Fernando Cayo, mientras a Josean Bengoetxea se le reserva un papel secundario como uno de los dos miembros de la asociación por una muerte digna convocados.