02 MAR. 2016 CRÍTICA «Trece horas: los soldados secretos de Bengasi» Malditos burócratas Koldo LANDALUZE Michael Bay ha querido llevar a cabo su particular “Blackhawk derribado” y lo único que ha logrado es prolongar un poco más su estilo ruidoso y acelerado a través de un panfleto militarista que, a ratos, haría palidecer al mismísimo general Patton. Quizás la comparativa con “Blackhawk derribado” haya podido resultar excesiva porque Michael Bay es un notable artificiero pero Ridley Scott un consumado creador de secuencias dotadas de una gran fuerza visual. La diferencia entre ambos radica en que Scott es capaz de mantenernos en la vorágine y el frenesí enloquecedor de un combate y Bay se limita a amplificar el efecto de la imagen y el sonido mediante recursos técnicos cuyo efecto se diluye de manera inmediata, como el centrifugado de una lavadora, y en cuanto las balas callan y los personajes hablan. “Trece horas: los soldados secretos de Bengasi” no es más que la enésima exaltación de los valientes guerreros estadounidenses que, marcados por la ingratitud de los burócratas de Washington, se convierten en carne de sepulcro glorificado en Arlington. Bay ha tomado como excusa argumental los cruentos episodios acontecidos en la ciudad libia de Bengasi el 11 de setiembre de 2012 y que derivaron en la muerte del embajador estadounidense y tres integrantes de la misión diplomática, para plasmar en imágenes la misión compartida por un equipo integrado por ex-SEAL de operaciones especiales al servicio de la CIA que verán lastrada en todo momento su tarea purificadora y patriótica por los ingratos y siempre despistados burócratas que nunca entenderán que la paz mundial se gana a golpe de gatillo. Aunque parezca caduco, este es en resumen el cansino mensaje que prevalece a lo largo de un vendabal cargado de adrenalina y testosterona capaz de despeinar a Donald Trump.