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TRUMP VS. CLINTON: LA BATALLA FINAL COGE FORMA

«Megamartes», gran impulso y feliz resaca para Trump y Clinton

Trump y Clinton emergieron como los grandes triunfadores de las cinco primarias del «megamartes». La posibilidad de que ellos libren la batalla final gana enteros, aunque la carrera está lejos de estar terminada en el bando de los demócratas; y en el de los republicanos, la posibilidad de un frente anti-Trump aumenta entre cuchillos afilados.


Tras el «megamartes», quienes sostienen desde hace tiempo que la batalla final por convertirse en el siguiente presidente de EEUU será entre Hillary Clinton y Donald Trump tienen más material, más argumentos para fortalecer sus narrativas. Efectivamente, sus victorias han sido desequilibrantes y sus celebraciones muy efusivas. Ambos han acumulado nuevos delegados por cientos.

Pero no todos están contentos con esos resultados, especialmente en el bando republicano. En otra muestra de la sensación de desastre que con la probable nominación de Trump como candidato aumenta en el aparato y entre los donantes, el antiguo portavoz de la Casa Blanca con George W. Bush, Tony Fratto, tuiteaba al hilo del «megamartes»: «lo que esencialmente ha ocurrido hoy es que Hillary Clinton ha sido elegida presidente de EEUU. Quedan ocho meses de hiperventilación antes de que se haga oficial». Es conocida la utilización de la exageración como norma en las redes sociales, pero esas palabras reflejan bien el sentimiento entre el establishment republicano de que la batalla final será inevitablemente entre Trump y Clinton, y que no habrá ni color, que el resultado de esa quiniela está cantado y será un desastre.

Hay tendencias peligrosas en el «Viejo Gran Partido», preludio de dinámicas fraccionarias que podrían herirlo mortalmente. Según encuestas a pie de urna realizadas el «megamartes», 3 de cada 10 votantes republicanos no votarían por Trump en caso de ser nominado. Unos lo harían directamente por Clinton, otros por aquel que tuviera el coraje –y los recursos económicos– para presentarse como candidato independiente. Pero todas las maquinaciones anti-Trump –que son cada día más y con más poderosos actores– chocan con la cruda realidad: estado tras estado, primaria tras primaria, es él quien está ganando en voto popular y difícilmente puede nadie que haya ganado en un puñado de estados aspirar a destronar al ganador en apoyo de la base del partido.

Marco Rubio, KO

La derrota del candidato de origen cubano no tiene paliativos. Cayó en su feudo, Florida, con una distancia notable y su renuncia fue fulminante. Con ella, se va de la carrera el candidato que pretendía hacer revivir el legado de George W. Bush, que quería sintetizar su apuesta: una política exterior neoconservadora; un cortejo a los movimientos católicos y evangélicos en alza; una exhaustiva reforma de las leyes de inmigración y bajar los impuestos al capital con guiños de «compasión cristiana» en temas como la pobreza o la educación.

Las causas de su derrota son varias, pero posiblemente haya influido que su posición política y personal se proyectaba siempre como segunda opción pero raramente como ganador; un semblante juvenil lejano del «hombre fuerte para tiempos duros» que ha cultivado un Trump que le ha dominado de cabo a rabo en su ámbito de la estrategia comunicativa en las televisiones por cable.

Junto con la derrota de Rubio en Florida, la victoria de John Kasich en Ohio –estados en los que la regla del winner take all (el ganador se lleva todo) que han proporcionado un buen puñado de delegados a los vencedores– tiene grandes implicaciones para los republicanos.

La victoria de Kasich y el empate técnico de Cruz con Trump en Missouri, deja la carrera republicana en una pugna a tres. Y, paradójicamente, Cruz y Kasich se reivindican como la «única opción seria» de hacer frente a Donald Trump.

Resulta llamativo, así mismo, que tanto el gobernador de Ohio como el senador de Texas, son dos reaccionarios con un bagaje que espeluzna. John Kasich ha hecho política contra la planificación familiar, prohibió el aborto tras las primeras 20 semanas, recortó drásticamente los fondos para los programas de asistencia nutricional suplementaria y fichó por Lehman Brothers cuando dejó el Congreso, en un ejemplo de puertas giratorias que le persigue. Cruz, por su parte, es un evangélico ultra, con posiciones políticas de otro mundo que han hecho que sea muy odiado entre el propio aparato republicano. Este cruza los dedos para poder apostar por un Kasich que tiene puestas sus próximas esperanzas en Pennsylvania, estado del que es nativo. Pero sus posibilidades son mínimas, aunque el trabajo mediático por contar una historia positiva de él está a pleno rendimiento.

Sanders tocado, no hundido

En el campo de los demócratas, el «megamartes» deja un descarrilamiento del tren expreso de Sanders que dejó con toneladas de esperanza y buenas perspectivas la estación de Michigan. Clinton consiguió, como era esperado, unas victorias fáciles en Florida y Carolina del Norte. Pero, sobre todo, su victoria con un margen superior a los dos dígitos en Ohio –donde Sanders había trabajado duro e invertido tiempo y dinero en abundancia– y, en otra medida, sus ajustadísimas victorias en Illinois y Missouri –con un nuevo recuento que podría aclarar el virtual empate técnico– sorprendieron a todos, probablemente hasta a ella misma.

Clinton confirma así que, más allá de los estados del sur con una amplia población afroamericana que, uno detrás de otro, caen de su parte, puede ganar fácil también en los grandes estados industrializados del Medio Oeste. E incluso, en un dato remarcable, atrayendo a más votantes blancos de clase media que el propio Sanders.

No obstante, el veterano candidato socialista tiene recursos y entusiasmo suficientes para llevar la carrera hasta el final. La primera mitad de las primarias ha caído claramente del lado de Clinton, eso es un dato indiscutible. Pero acercándose las primarias en los gigantescos estados de Nueva York (19 de abril) y California (7 de junio) –que obligadamente tiene que ganar–, el trayecto intermedio no parece el más complicado para él.

Los estados del sur ya han quedado atrás, y en los que están por llegar –Arizona, Idaho y Utah (votan el 22 de marzo) y Alaska y Washington (26 de marzo)– Sanders tiene una base de apoyo significativa. Luego vendrá Winconsin (5 de abril), donde las encuestas le dan ventaja. Tiene motivos, por tanto, para seguir luchando.

Razones para seguir creyendo que es posible acortar las distancias con Clinton, construir un movimiento político que condicione los temas de la conversación, que influya en las reglas de la convención demócrata y, quizá, en lo que es un dato que ha empezado a aparecer, incluso el proceso de selección mediante el cual será nominado el vicepresidenciable.

La competición seguirá siendo una de las dinámicas más significativas de la carrera demócrata, y en tanto en cuanto las primarias continúen abiertas, gane quien gane, el centro de gravedad del debate político y de la propuesta electoral cambiará en el Partido Demócrata.

Ojo al frente anti-Trump

Hay una similitud sorprendente en los discursos triunfalistas de Trump y de Clinton. Ambos hacen un llamamiento constante a los estadounidenses para que se compacten en torno a su figura y a su visión. Pero lo cierto es que Trump pone de los nervios a muchísimos estadounidenses, especialmente en el aparato de su «Viejo Gran Partido», con su oratoria inflamable y sus propuestas tóxicas. Y aunque Hillary Clinton es vista como una figura política más experimentada y más seria, le está costando ganarse la confianza y la credibilidad en el electorado situado más allá de las fronteras partisanas. Se puede decir que en EEUU resulta casi imposible que ninguno de los dos pueda proyectar una mirada de frescura y de renovación.

Pero a nivel orgánico, en el bando republicano, a diferencia del demócrata en el que Sanders dejó claro hace tiempo que en caso de perder pediría el voto para Clinton y no se afanaría en romper la unidad del partido, el horizonte de una fractura se hace cada día más cercano. Enfrascados Cruz y Kasich en su particular competición de quién es la única alternativa anti-Trump, lo cierto es que las iniciativas contra este se multiplican.

El usurero multimillonario de Queens sabe que si finalmente alcanza la nominación republicana, tendrá que tirar adelante con solo una parte de su partido apoyándole. Donantes del partido republicano que invierten millones para financiar publicidad anti-Trump en las televisiones, dirigentes republicanos –el último, John McCain, que ha llamado a compactar el voto de los «republicanos decentes» en torno a Kasich– que alzan sus voces repitiendo el mantra del «cualquiera menos Trump»y una parte considerable de su base hace signos de insumisión.

Tampoco hay que desechar otro escenario hipotético. En el caso de que Trump no consiguiera la mayoría necesaria (1.237 delegados) para la Convención Republicana de julio, muchos de los delegados podrían elegir por ellos mismos a qué candidato apoyar. Una vez en la convención, en la primera ronda de votación, los delegados están obligados a votar en el mismo sentido que los resultados de sus estados. Pero si hubiera una segunda ronda de votación, este caso ya no se daría, no estarían atados a los resultados de sus estados y podrían abandonar a Trump.

Hay precedentes históricos de ello. La última vez que se dio este escenario en el bando republicano fue en 1948. Thomas Dewey no se aseguró la mayoría ni en la primera ni en la segunda ronda de votación, pero como sus rivales no concentraron su voto en torno a un candidato, Dewey gano en tercera ronda sin oposición. Quizá podría darse un escenario similar con Trump, Cruz y Kasich.

Finalmente, hay otro escenario de doble filo. Se oyen voces defendiendo que los «republicanos decentes» deberían presentarse como un tercer partido, con candidato independiente, como solución excepcional a una desafortunada circunstancia (la nominación de Trump). Este, que no es manco, les ha devuelto el golpe anunciando que él tampoco descarta presentarse como independiente.