20 FEB. 2017 CRÍTICA «Hedi, un viento de libertad» La vida después de aquella primavera Víctor ESQUIROL El 17 de diciembre de 2010, una patrulla de policía la tomó con un vendedor ambulante y después de una fuerte discusión, los agentes desposeyeron al tipo de sus mercancías y, ya puestos, de todo el dinero que llevaba encima. El hombre no aguantó más y como última medida desesperada, decidió inmolarse en medio de la calle. Esto sucedió en Túnez. Así empezó lo que más tarde se conocería como la Primavera Árabe, un fuego rebelde que se extendería por buena parte del mundo islámico. Pero no solo se trataba de quemar, sino más bien de renovar una sociedad que se había quedado muy atrás en el tiempo, tanto en materia política como, sobre todo, social. La llama prendió, la gente salió a la calle, cayeron regímenes y se declararon guerras. Cada país conoció su propia historia. En Túnez, donde empezó todo, se derrocó el gobierno de Zine El Abidine Ben Ali. Tres años después, se conseguiría escribir una nueva constitución en la que se plasmarían avances revolucionarios dentro del mundo árabe, tales como la igualdad de sexos. Lástima que, por lo general, las revoluciones políticas lleguen al pueblo llano en diferido. Año 2016, la Berlinale abre su concurso precisamente con una película tunecina. Está dirigida por el debutante Mohamed Ben Attia y producida por los veteranos hermanos Dardenne. Se nota: estamos en los dominios de ese cine en la frontera entre lo social y lo íntimo. La cámara, inquieta y siempre a pocos palmos del cogote del protagonista, proyecta rayos X. Todo queda expuesto. La “necesidad de” y el miedo a la libertad (tanto por parte de los personajes como de un país que aún no se ha decidido del todo a dar ese gran paso) quedan igualmente al desnudo. Con un planteamiento y posterior desarrollo de la historia que nunca pierden el pulso emocional, la distancia se descubre como un intangible que no solo puede medirse en metros. Es la crudeza fílmica empleada para que suba el calor humano.