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Los derechos humanos y militantes


Los derechos humanos han sido históricamente una poderosa arma contra las arbitrariedades de los poderosos. Pero con el tiempo está convirtiéndose en una ideología sustentadora del orden injusto actual pues se basa en una concepción estrecha del «hombre» considerado como simple víctima, como aquel que sufre, despierta piedad y pide clemencia. De ahí que se ha formado una gran cola de personas que reclaman sus derechos, incluso los opresores y los torturadores. Incluso los que día a día niegan derechos elementales a ciudadanos, pueblos, clases sociales y otras colectividades. Se trata de una versión de los derechos humanos negativa, parcial y en muchos casos oportunista.

Pero ha existido y existe otra versión de los derechos humanos asentada en otra concepción del «hombre». En esa versión el ser humano es aquel que aun sufriendo y padeciendo situaciones injustas se mantiene firme o se levanta de su postración. Aquel que, sin fijarse en la opinión generalizada, reclama el derecho a la rebelión contra un mundo, un sistema, unas circunstancias, un orden social y político o una ideología moralizante que sostienen la falta de libertad, la injusticia y la desigualdad. Aquel ser humano que mantiene aunque sea en un punto de conflicto, en una pequeña parcela de actividad, su autonomía, su independencia y la libertad de acción y pensamiento. Aquel que se revela contra la palabra imposible e intenta en alguna o varias esferas de su vida transformar lo imposible en posible. Aquel «hombre» que se empeña en cambiar algo de su mundo, aunque sea una pequeña parte, aunque sea él mismo ese poco que cambia. Ese es el «hombre» al que se le pueden asignar derechos, porque son esos humanos los que portan los verdaderos derechos de la Humanidad, los más esenciales. Los llamamos militantes. Y todos tenemos en la memoria el nombre de muchos de los grandes o pequeños personajes que con su lucha cambiaron o intentaron cambiar el mundo o los mundos en una dirección de justicia y equidad. Y en su camino, de esfuerzo y sacrificio, nos cambiaron a nosotros. Por eso los tenemos siempre presentes en nuestro corazón y en nuestro pensamiento. Ellos son los que nos ofrecen la versión afirmativa de los derechos humanos.

Un ejemplo de visión afirmativa de los derechos humanos la tenemos en la Declaración de los Derechos del Hombre de la constitución revolucionaria francesa de 1793. En ella se recogían como derechos naturales la igualdad y la libertad, y se consideraba que la ley debía de proteger la libertad pública e individual contra la opresión de los gobernantes. También declaraba que los delitos de los mandatarios del pueblo y de sus agentes no deberían quedar impunes y hacía de la resistencia a la opresión la consecuencia de los demás derechos del hombre. En esa constitución existía opresión contra el cuerpo social cuando uno solo de sus miembros era oprimido. Y el derecho a la insurrección se convertía en  el eje de la defensa de los derechos reconocidos: «Cuando el gobierno viola los derechos del pueblo, la insurrección es para el pueblo, y para cada una de sus partes, el más sagrado de sus derechos y el más indispensable de sus deberes». Aunque esa declaración está fechada en un momento de intensidad revolucionaria sin par y las posteriores constituciones burguesas modificaron sustancialmente su contenido revolucionario, sus principios han sido fuente de inspiración de muchos movimientos populares a favor del  cambio social.

El enemigo de la libertad y demás derechos humanos positivos no es solo el que intenta reprimirlos desde el poder, es también todo aquel que acepta resignadamente el estado de cosas tal cual está, el que dice que hay que amoldarse al principio de realidad. Son fuertes enemigos de la libertad el escepticismo, la apatía y el verdadero o supuesto cansancio de la gente. No podemos tampoco utilizar los repetidos argumentos de que el poder es más fuerte o la situación es desfavorable. Casi siempre los revolucionarios se han movido en situaciones desfavorables y contra enemigos mucho más poderosos. No hay que esperar sentados a lo que haga la gente sino que debemos preguntarnos qué debemos hacer nosotros con independencia si somos muchos o pocos. ¿Cuál era por ejemplo la situación de las madres de la Plaza de Mayo durante la dictadura? ¿Cuántas eran al principio? ¿Cuántos eran los revolucionarios abertzales que se levantaron contra el franquismo cuando este se encontraba más consolidado? ¿Y su esfuerzo no cambió radicalmente la conciencia de la gente y la situación de nuestro país?

Sin duda las circunstancias han cambiado y nuevos métodos políticos se imponen. Pero debemos mantenernos fieles a unas ideas, a un legado histórico, a unos principios por los cuales algunos dejaron hasta su propia vida. Se lo debemos a ellos y nos lo debemos a nosotros mismos y a nuestro pueblo. Necesitamos una nueva política y no debemos añorar nostálgicamente el pasado, pero no debemos olvidarnos de construir una memoria que haga honor a uno de los movimientos de liberación más importantes de la época, y reconocer todo lo mucho y grande que se hizo y los valores políticos y humanos que se desplegaron. Hay que volver a reinventar y levantar un proyecto de igualdad y libertad, un proyecto digno del termino Izquierda Abertzale.