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«The Florida Project»

Mickey Mouse no recibe visitas


Considerado como el epicentro de todos los sueños que albergan los niños –y en infinidad de los adultos– de todo el mundo, el universo Disney, escenificado en el parque temático de Florida, se presenta como un suculento reclamo para un cineasta que con valentía, un gran sentido de la sensibilidad y teniendo siempre presente el material que maneja, pusiera en marcha una película de las características de “The Florida project”.

Si bien el castillo fantástico del tío Walt y el resto de atracciones no figuran en la escenografía inicial, todo lo que ello simboliza se asoma a la pantalla a través de sucedáneos que en formato de tiendas en las que venden productos caducos de Disneyland, puestos de helados, restaurantes de comida rápida o moteles que camuflan su esencia lumpen a través de llamativos colores y arquitectura que simula castillos o mundos futuros.

De ese universo paralelo bebe esta maravillosa película filmada por un Sean Baker que ha sabido pulsar con delicadeza cada una de las emociones que alberga una historia elaborada con metódica precisión y en la que prima lo vital. Si bien destaca el nombre de Willem Dafoe en los títulos de crédito, quienes atrapan al espectador en cada una de sus apariciones son la troupe de chavales que viven y corretean incansables en estos moteles que para el común de los mortales puede resultar un simple lugar de paso –y a poder ser evitable– pero que para ellos supone su lugar de residencia, aquel en el que además de compartir juegos, conviven con madres que hacen constantes equilibrios para eludir la pobreza y sacar el mayor rédito posible a los pequeños detalles de la vida.

La niña de seis años que coge la batuta en esta película es un auténtico prodigio de emociones, su rabioso sentido de la vida y su pasión por los juegos y helados compartidos, rebosa una naturalidad que traspasa cualquier blindaje.

A su lado, topamos con una joven y multitatuada madre atrincherada en una conducta que irremediablemente chocará frontalmente con el sistema burocrático que tiende a regir, para bien o para mal, las vidas ajenas. Todo ello transcurre en un olvidado motel disfrazado de castillo de hadas en el que Dafoe ejerce labores de conserje y testigo presencial de todos los acontecimientos alegres y dolorosos que se dan cita en un paisaje humano asolado por el desencanto y en el que la tristeza vive a escasos metros de la luminosa felicidad del reino gobernado por un Mickey Mouse que jamás recibirá con su inmensa sonrisa y brazos abiertos a esos niños que nunca podrán pagar el acceso a este país de las maravillas tan atractivo como artificial.