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JO PUNTUA

Profesionales


Una de las reglas del cine es que si quieres que la gente se enamore del héroe tiene que ser bueno en lo que hace. Indiana Jones nos gana en los primeros minutos de En busca del arca perdida porque sabe cómo esquivar las flechas, dónde están las trampas y cuánta arena le sobra al saco. Luego se equivoca, resulta que odia a las serpientes y también le queremos por eso pero, de entrada, confiamos en él porque la profesionalidad es sexy y genera confianza.

Por eso es curioso que no tenga mejor prensa en la vida real, donde parece que mola mucho más ser eternamente amateur o experto en experticia –con master en ínfulas–. No es que tenga nada de malo ser aficionado, claro, pero debería ser una condición que se pasa a medida que te vas formando. Y, por supuesto, es estupendo que haya expertos, pero para que no haya fraude, no puede haber atajo. Tiene que ser el resultado de muchos años de excelencia en un campo. Y esos años pueden ser provechosos, en todos los sentidos.

Personalmente, pocas cosas me han dado la curva de aprendizaje del trabajo. Y en pocos sitios he aprendido tanto de este país como en su tejido industrial y cooperativo, con el que me ha tocado colaborar. Cuando el entorno laboral no es tóxico, las tareas están claras, las condiciones son justas y las exigencias razonables, se abren oportunidades para aprender, crecer y ser útiles a los demás. Y estoy convencida de que ese conocimiento puede nutrir muchas áreas de la vida relacional, pública, política y militante.

Igual es la edad. Pero cada vez me parece un objetivo más noble el de aprender un oficio, esforzarnos para hacerlo bien, honrar sus códigos éticos, ofrecer lo mejor de nuestra capacidad y confrontar cuando las condiciones no son justas. Vamos, que cada vez me gusta más el señor Rosa de Reservoir Dogs. Rodeado de psicópatas y de ladrones de poca monta, es el único que defiende su trabajo. «Se supone que tenemos que ser unos putos profesionales», dice. Y tiene razón.