02 SET. 2018 FESTIVAL DE CINE DE VENECIA Danzad, danzad, malditas Víctor ESQUIROL Por increíble que parezca, Venecia no afloja. Juro que no lo hace. Ya no caben dudas al respecto: esta 75ª Mostra es un maratón que, al menos de momento, tiene que correrse con la velocidad y la intensidad de los cien metros lisos. El riesgo de morir por combustión espontánea es más que probable. Una jornada más, el equipo de Alberto Barbera saturó la parrilla con nombres y películas que en cualquier otro festival hubieran ocupado por lo menos una semana. Así está el Lido: prácticamente en llamas. El fuego lo empezó uno de los más sensibles maestros de la piromanía. Llegó Luca Guadagnino a la ciudad de los canales. El autor de “Cegados por el sol” o “Call Me By Your Name” regresaba a nuestras vidas con un proyecto con el que era fácil quemarse. Se trataba de “Suspiria”, remake del legendario giallo de Dario Argento. Una experiencia demencial, a ratos simplemente bestial. Una danza de sangre saldada, a nivel de público, con un más que esperable choque entre aplausos y abucheos. Furia y caos en las salas Grande y Darsena, elementos de destrucción invocados por un autor que cree firmemente en la reverencia... como antesala del estallido iconoclasta. En el caso que ahora nos ocupa, nuestras filias para con el cine de terror se reactivaron gracias al reencuentro con ese escenario y esos personajes ya conocidos. Aquella escuela de danza se descubrió, ya en la primera escena, como la congregación de brujas que Argento se guardaba como golpe de efecto final para su film. Guadagnino fue mucho más a saco. Y durante más tiempo. A lo largo de dos horas y media nos hizo bailar al ritmo frenético de imágenes pesadi- llescas. Las coreografías a lo Pina Bausch fueron el catalizador perfecto para transformar la exquisitez estética de la cinta original en una celebración aquelarresca con el empoderamiento femenino como coartada principal. Terrorífico para unos; glorioso para otros. Vítores e insultos en la sala: misión cumplida. Por su parte, el británico Mike Leigh presentó “Peterloo”, su película más ambiciosa hasta la fecha... aunque para nada su mejor. El metraje, al menos, se igualó al de Guadagnino. Otras dos horas y media (en este caso de drama histórico) con el realismo feísta como principal fuente de combustible. Claramente excesiva; a ratos hasta cargante, pero también admirable (y ya puestos impresionante) en su férrea voluntad de fundir las formas con las tesis. A saber, la de mostrar una era (la post-napoleónica) en la que el Reino Unido celebra su supuesta superioridad con respecto al continente cebándose con unas esencias (las suyas propias) irremediablemente degeneradas. Las entradas en el concurso se cerraron con “Frères enemis”, thriller criminal dirigido por David Oelhoffen. Un poco inspirado y algo confuso paseo por los bajos fondos de la «banlieue» parisina. Por ahí, Matthias Schoenaerts y Reda Kateb jugaron con fuego. Con esto y con el tráfico de drogas, excusa usada ahora para plasmar la volatilidad en los ya de por sí frágiles equilibrios sobre los que se levanta la gran familia francesa. Acertado en planteamiento; olvidable en todo lo demás.