26 OCT. 2018 Entrevista RAÚL DE LA FUENTE REALIZADOR Y GUIONISTA «Quiero poner al espectador de copiloto en el jeep de Kapuscinski y llevarle al corazón de las tinieblas» El maravilloso biopic animado «Un día más con vida», basado en el libro homónimo del corresponsal de guerra polaco Ryszard Kapuscinski, llega a las salas comerciales tras conquistar al público de Zinemaldia. Janina PÉREZ ARIAS Después de casi diez años de gestación, a Raúl De la Fuente (Iruñea, 1974) no le queda más que estar entre aliviado y contento. “Un día más con vida” ha recorrido un largo camino que empezó mucho antes de pensarlo como un proyecto cinematográfico. Inspiración, maestro, brújula de vida… Todo eso y más representa Ryszard Kapuscinski (1932- 2007) para este realizador de cine que quedó cautivado desde pequeño por las historias que el temerario polaco volcaba en cada libro. Ryszard Kapuscinski fue el único corresponsal de su país en África, fue testigo de primera fila de la «descolonización» de ese continente, así como de otros acontecimientos en diferentes partes del mundo. Esquivando balaceras y burlando a la muerte, vio con sus propios ojos cómo, para bien o para mal, el destino de naciones enteras se iba escribiendo en papeles en blanco que poco a poco se teñían de sangre y de esperanzas. Una de sus paradas fue Angola. Allí le llamaban «Ricardo Kapuschinski», y tal vez en la efervescencia del momento, con la borrachera que causa la ilusión de la libertad, nunca se imaginó que el inicio de la guerra civil en Angola, de la que salió con vida de milagro, se prolongaría durante más de cuatro décadas. En “Un día más con vida”, publicado en 1976, contaría y reflexionaría sobre esas vivencias. A Raúl De la Fuente, ganador de un Goya por el corto documental “Minerita” (2013), su fascinación le llevó a embarcarse en un proyecto cinematográfico basado en el mencionado libro, cuando en plena Guerra Fría se desató el conflicto armado en Angola. Con Amaia Remírez, cómplice de travesuras cinematográficas en la productora Kanaki Films, hacia 2011 terminaron de armar el guion de “Un día más con vida”, pero el camino iba a ser más largo de lo esperado. La producción entre el Estado español, Polonia, Bélgica, Hungría y Alemania es un extraordinario híbrido, cruce de animación y documental, en el que De la Fuente, junto a su codirector Damian Nenow y su coguionista principal y productora Amaia Remírez, logran responder muchas interrogantes que el polaco dejó abiertas. Tras su estreno en el Festival de Cannes, “Un día más con vida” formó parte del programa de Perlas de Zinemaldia. Desde la primera proyección en la 66ª edición del Festival de Donostia se colocó como la película favorita del público, por lo que obtuvo el Premio del Público Ciudad Donostia, además del Premio al Mejor Guion Vasco. Ryszard Kapuscinski le acompaña desde su niñez, le debe admiración, respeto y fidelidad. ¿No representaba mucho riesgo? Hay una promesa inicial, un pacto de confianza, una admiración, con lo cual todo está ya hecho. No sentí nunca esa presión de estar trabajando con un maestro, tampoco miedo ni respeto. Siempre me he sentido muy libre de contar esta historia porque sé que lo hago de corazón. ¿Es tan diferente la mirada vasca hacia Kapuscinski? Kapuscinski se preocupó mucho de dar voz a los sin voz, y eso ha sido importante. En nuestra carrera cinematográfica, Amaia [Remírez, coguionista y productora] y yo hemos ido allí donde hay injusticia, donde había pueblos oprimidos, donde encontrábamos personas humildes que luchaban para sacar adelante sus vidas. Con Kapuscinski compartimos una afinidad, una mirada de otro mundo posible, ha sido un maestro y una inspiración para nosotros. Entonces desde esa óptica hay una empatía, y él nos abrió el mundo, nos inspiró para conocer África y América Latina. Además siempre he considerado que el verdadero periodismo es el que aspira a hacer cambiar las cosas, y todas las películas que hemos hecho Amaia y yo tienen esa función. Por ejemplo con ‘Minerita’ en Bolivia, o cuando estuvimos en Sierra Leona para contar las historias de los niños y niñas de la calle. Además ha pasado a la historia por ser una figura muy controvertida. Es que Kapuscinski no se conformó con ser solo un periodista de guerra. En Angola tomó partido por uno de los bandos en el que él consideraba que debía luchar. Sabía que se estaba librando una batalla de la información; Kapuscinski estuvo en los despachos con altos mandos militares haciendo de traductor, y muchas veces omitió información. Por ejemplo, cuando llegaron las tropas cubanas a Angola, él decidió no informarlo porque la CIA podía interceptar ese mensaje, lo cual hubiera sido muy malo para el pueblo angoleño y su lucha de revolución nacional. Se sabe que en el libro de Kapuscinski, por ejemplo Doña Cartagena está muy presente, pero no lo está en la película. ¿Cuánto costó deshacerse de ciertos detalles en la adaptación de «Un día más con vida»? Para Kapuscinski el Telex era un elemento de constricción, era como su Twitter, donde tenía que escribir pocos caracteres para informar. Para nosotros el metraje de la película representó la limitación por un tema presupuestario, así que fue un condicionante grande, nuestro Telex, nuestro Twitter. Para la parte de imagen real, tenía solo 18 minutos de metraje destinado a personajes de tanta importancia como Farrusco [soldado portugués que cambió de bando para convertirse en un comandante de la guerrilla], Luis Alberto y Artur Queiroz [ambos periodistas angoleños y amigos de Kapuscinski]. Entonces ese ejercicio de síntesis es lo que ha dado una película que yo concebí como de aventuras, de acción y «comercial» entre comillas, porque a pesar de que partimos de un formato que considero innovador, sí queríamos que fuera lo más comercial posible. Kapuscinski decía: «Tengo un miedo atroz a aburrir al lector». Bueno, pues allí comparto esa máxima del maestro, porque yo tengo un miedo atroz a aburrir al espectador. Yo quiero que salgan de la película haciendo palmas con las orejas, quiero invitarles a un viaje único con el maestro del reportaje de guerra que era Kapuscinski, quiero poner al espectador de copiloto en ese jeep y llevarle al corazón de las tinieblas, a hacerle sentir lo que sintió Kapuscinski, y evidentemente quiero que el público tenga una experiencia inolvidable. En ese sentido, si íbamos a estar 10 años haciendo una película, tendría que ser algo poderoso. ¿Cuáles fueron las dificultades a las que se enfrentaron al plantear el concepto de biopic animado con elementos de documental? En términos creativos no fue difícil, como tampoco lo fue encontrar financiación. Lo complicado fue mantener el pulso entre los productores. Había mucha gente de diversos países y todos con una complexión cultural y un con trasfondo especial; hasta que pudimos entendernos a nivel personal, pasó un buen tiempo. No fue fácil. Supongo que tampoco es sencillo para los polacos recibir a dos vascos que vienen a hacer una película sobre uno de sus héroes nacionales. Hay que entender que no es fácil aceptar ese tipo de apuesta tan potente. ¿Cómo dieron con los personajes reales de Artur, Luis Alberto y Farrusco? Nos fijamos en Artur, que en el libro es un personaje muy pequeño. Kapuscinski decía que Artur estaba siempre bien informado, entonces Amaia consiguió localizarlo en el periódico donde trabaja, y a partir de allí empezamos a tirar del hilo. Artur Queiroz, quien de verdad siempre está bien informado, nos abrió más puertas, y a través de él conocimos a Farrusco. Pienso que al creer tanto en Ricardo, ellos creyeron también en nosotros. Asímismo creo que el hecho de ser vascos, fue algo que les motivó. Nosotros fuimos siempre con el corazón en la mano y la verdad por delante para hacer esta película. Y creo que tanto los polacos como ellos se sentían muy honrados de que dos vascos locos fueran a Angola para contar esta historia. ¿Fue casual que la película resulte como una segunda parte del libro, en la que se siente amargura, desilusión, pero a la vez nada de arrepentimiento? Nos propusimos contestar las preguntas que Ricardo había dejado abiertas. ¿Qué pasó con el fuerte y valiente Farrusco?, ¿qué pasó con Artur? Me hubiera gustado mucho hacer este rodaje con el mismo Kapuscinski, pero eso ya no era posible, por lo que fuimos a Angola para buscar esas respuestas, con la intención de cerrar el círculo. En ese sentido la película tiene un tono agridulce al final, pero creo que no podía haber sido de otra manera, porque de lo contrario hubiera tenido un tono quizás panfletario o simplificador. Farrusco representar el dar la vida por una causa y sentirse honrado por ello, mientras que Artur representa la amargura, al considerarse el gran perdedor, porque sus ideales fracasaron, ya que evidentemente la causa socialista, humanista e igualitaria por la que él luchó no triunfó. Después de 50 años de guerra, Angola sigue siendo un país muy pobre con unas desigualdades tremendas, con muchísima corrupción. ¿Cómo fue enfrentarse al ‘¿tanta lucha para qué, si al final perdemos, si al final pierden todos?’? ¿Cuánta amargura deja? (Reflexiona) Creo que la clave la tiene Farrusco cuando dice: “muchos padres perdieron a sus hijos, yo no fui el único”. Al final en la guerra muere gente, y cuando mueren civiles e inocentes, eso es lo que va a permanecer. Muchos murieron en el frente de guerra por una causa que no sirvió más que para conseguir la independencia, pero para nada más. Supongo que esa lucha romántica por los ideales quizá pertenece más al siglo XX que al siglo XXI, en el cual las guerras tienen otro cariz, tienen un tono muchísimo más comercial y económico. Las luchas románticas de liberación nacional terminaron, el continente africano se independizó completamente. Kapuscinski sostenía que en los años 60 y 70 Europa miraba a África con miedo, preguntándose qué pasará cuando todo el continente se levante, “vendrá hacia nosotros y nos conquistará”, decía con una percepción si se quiere humorística. Y ahora vemos esos grandes movimientos migratorios que están provocando tremendos conflictos y dramas humanos. Creo que aquella era otra época, en la cual las luchas revolucionarias tenían más sentido. Simpatizo con ese tipo de causas que sucedieron cuando yo nací. Me hubiera gustado vivir esos años en la África que se despertaba, no los viví, pero hicimos esta película para narrar esas luchas románticas, y para mí era legendario contar algo sobre una de las últimas independencias de África. Con Kapuscinski compartimos una afinidad, una mirada de otro mundo posible, ha sido un maestro y una inspiración para nosotros. «Kapuscinski decía: ‘Tengo un miedo atroz a aburrir al lector’. Comparto esa máxima del maestro, porque yo tengo un miedo atroz a aburrir al espectador» «Me hubiera gustado mucho hacer este rodaje con el mismo Kapuscinski, pero eso ya no era posible, por lo que fuimos a Angola para buscar respuestas»