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EN ANGOLA, LA CALLE SIGUE ESPERANDO EL «MILAGRO ECONÓMICO»

A falta de una bolsa de valores o de encuestas sobre la percepción de los hogares, es en los mercados de la capital, Luanda, donde hay que tomarle el pulso económico a Angola, un extenso país en el que viven alrededor de 30 millones de habitantes.


Esto va mal». Encaramda en su taburete, Delta lanza una mirada desilusionada hacia su paquete de teléfonos chinos. «A finales de mes, cuando la gente cobra su salario, vienen algunos clientes, pero el resto del tiempo no aparece nadie por aquí», comenta esta vendedora.

En el centro del popular barrio de Rangel, “el mercado de los congoleños” late a gran ritmo, con su habitual cascada de ruidos, colores y olores. Pero el corazón del país ya no está allí. Un año después de la elección del nuevo presidente de la República, Joao Lourenço, el «milagro» prometido para sacar al país de la crisis se hace esperar.

Apoyada en su mostrador, Teresa Pereira muestra una cara casi tan triste como los trozos de carne de las que su compañera intenta espantar las moscas agitando una tapa de plástico. «Aquí vendo carne de cerdo desde hace más de veinte años», suspira la carnicera. «Funcionó bien durante mucho tiempo, pero desde la crisis (de 2014) es muy difícil por culpa del mercado informal», se queja. Y, mientras ajusta su tocado, dice que «la gente ahora vende en la calle, y aquí, los clientes son escasos».

A partir de 2002, al final de una cruenta guerra civil, Angola conoció una década de crecimiento espectacular impulsado por su petróleo, del que es el segundo mayor productor africano después de Nigeria. Pero, a partir de 2014, la caída de los precios del crudo, que proporciona el 70% de los ingresos estatales, ha sumido al país en la recesión.

Víctima del desempleo masivo, la población, muy pobre, sobrevive gracias al mercado negro y al comercio paralelo que, según los analistas, podría constituir hasta el 90% de la actividad económica angoleña.

«Restablecer el orden»

Buscando nuevos ingresos desesperadamente, el Gobierno decidió a principios de noviembre ir a la caza de los «zungas», como se denomina a quienes reinan como patronos absolutos en el comercio informal.

«En nuestra sociedad, y en nuestros centros urbanos, hay desorden y anarquía», señaló Paulo de Almeida, el comandante en jefe de la Policía, al lanzar la operación «Resgate» (“rescate” en portugués). «Nuestro objetivo es restablecer el orden público y la autoridad del Estado». Sus hombres se han desplegado en masa en los barrios populares de Luanda y ya han cerrado varias tiendas ilegales que, en muchos casos, estaban en manos de extranjeros. Así, bajo el techo del sobrecalentado “mercado de los congoleños”, los comerciantes respiran un poco.

«La situación se ha normalizado un poco», comenta Elisabeth Lumbunga, de 43 años, mientras introduce las manos en un recipiente con agua en el que se desbordan las verduras que está a punto de vender. «Si todos los vendedores ilegales vinieran al mercado para hacer sus negocios (legales), los clientes volverían inevitablemente».

Bajo el retrato del jefe de Estado que vigila su oficina climatizada, la administradora del mercado tiene sus ojos fijos en la curva de impuestos que percibe de los vendedores. Y esa curva está remontando.

«La operación impide a la gente vender en la calle. Ya tenemos un mercado un poco más lleno», se alegra Carla Lubata. «El Gobierno hace todo lo que puede por nosotros, esperamos que la economía crezca de nuevo rápidamente», añade. Principales objetivos de la “limpieza” impulsada por el Gobierno, los comerciantes extranjeros, y a menudo clandestinos, dudan de suceda así.

«Ahora lloran»

Hace cinco años, Emmanuel Chizondu, de 33 años, huyó de su Nigeria natal para «rehacer su vida» en Luanda. Hasta principios de este mes dirigía una pequeña empresa que vendía piezas de automóviles. Una empresa ilegal, pero próspera. «La crisis nos afectó, pero estábamos saliendo. Angola es un país lleno de oportunidades», explica en una calle descuidada del “Barrio Popular”.

«Entiendo que quieran restablecer el orden en su país, pero cometen un gran error», se lamenta. «Cerraron mi tienda y mis cinco empleados angoleños ya no pueden trabajar (...). Ahora, lloran».

«Está bien limpiar el mundo de los negocios –agrega un diplomático en Luanda consultado por la agencia France-Presse–. Pero esta operación de transparencia asfixia a las personas que viven con muy poco. La situación social es muy preocupante».

A pesar de los esfuerzos del Gobierno para controlar su deuda y la inflación o para recuperar a los inversores extranjeros, los pronósticos siguen siendo sombríos. El Fondo Monetario Internacional (FMI) vaticina una nueva recesión en 2018 (-0,1%).

«El desarrollo de Angola estará asegurado por el rigor, la disciplina, la eficiencia y el patriotismo», asegura el ministro de Finanzas, Augusto Archer Mangueira.

Este mensaje no es suficiente para tranquilizar a Joao Domingos, un vendedor de zapatos. «Hasta el momento, Joao Lourenço ha hecho principalmente reformas políticas –señala–. Ha habido algunos avances en la lucha contra la corrupción. Pero yo no percibo la diferencia. Espero que sí la note dentro de unos pocos años».

Angola, «ekonomia mirariaren» esperoan

Angolako hiriburuko (Luanda) “kongoarren merkatua” herrialdeko errealitate sozialaren isla da. Bertako saltzaileak arduratuta daude salmentak asko jaitsi direlako, Angolako jarduera ekonomiko gehiena merkatu beltzaren eskuetan baitago. Joao Lourenço Errepublikako presidente izendatu zutenean «mirari ekonomikoa» promestu zuen honek, baina ez da iritsi oraindik. Gobernuak neurriak hartzea erabaki zuen, eta merkatu beltzaren patroiak, «zunga» deiturikoak, harrapatzeari ekin zion.