21 OCT. 2020 CRÍTICA «Vitalina Varela» Una luz entre las sombras de Fontainhas Koldo LANDALUZE Más allá de la descarnada crudeza con la que Pedro Costa nos acerca a la trastienda social de Lisboa, queda impresa en la retina un encadenado de secuencias en las que lo atávico impregna cada uno de los medidos encuadres que gobierna al complejo Vitalina Varela. Personaje y persona, resulta casi imposible desligar uno de otra, Vitalina Varela se encarna a parte de sí misma en un viaje que llegó demasiado tarde. Las primeras secuencias subrayan ese componente casi onírico que rodea el filme, una mujer proveniente de Cabo Verde aterriza en el aeropuerto lisboeta. En cuanto pisa tierra, le revelan que su marido murió hace tres días. En este corto trayecto de la película, el cineasta luso nos regala unas breves pinceladas fílmicas abiertas a la evocación y que permiten al espectador jugar con su imaginación. En esta escena en la que topamos con la mujer que emerge del avión, la cámara centra su interés en sus pies y en el rastro líquido que deja tras de sí. Orina, sudor o tal vez lágrimas, cualquiera de ellas puede servirnos para entender que la mujer llegó tarde al funeral de quien le dijo que un día regresaría. La recién llegada también topa con otra bofetada de realidad, no tiene nada a lo que aferrarse en Lisboa y es en este punto cuando Costa lleva el filme a un territorio que conoce a la perfección, el arrabal de Fontainhas. En este entorno urbano, construido mediante retazos de desechos y desencanto, se dan cita los desheredados de una sociedad siempre tendente a mirar hacia el otro lado. Recreado mediante tonos penumbrosos, nunca lúgubres, quienes dotan de sentido cada rincón de Fontainhas parecen sombras cinceladas en la oscuridad. Es en este espacio real que Costa ha hecho propio y “reinventado” donde gobierna la poderosa figura de una Vitalina Varela, que busca entre los recovecos del arrabal ese punto de luz tan necesario como esquivo.