31 DIC. 2021 CRÍTICA «El contador de cartas» Viviendo en una celda de castigo Mikel INSAUSTI Antes de dirigir sus propias películas, Paul Schrader escribió el guion de “Taxi Driver” (1976), y ahora cierra el círculo con otra creación muy suya apadrinada por Martin Scorsese. A pesar de los 55 años transcurridos entre ambos títulos, “El contador de cartas” (2021) sigue siendo una obra muy moderna, gracias a que si el detonante original era la Guerra de Vietnam, en esta ocasión lo es la de Irak. El tema es el mismo, porque nos habla del infierno en la tierra, y lo que cambia es el estilo visual, más arriesgado en Schrader a sus 75 años que el de cualquier joven cineasta que empieza. Para describir los flash-backs, que surgen de la memoria atormentada del protagonista por su pasado como interrogador en la cárcel de Abu Ghraib, utiliza lentes anamórficas que convierten las escenas de tortura en una dantesca pesadilla, con el acompañamiento de sonidos metaleros al máximo volumen como los que mortificaban durante las 24 horas del día a los presos de Guantánamo. Schrader hace una implacable disección de la realidad de los Estados Unidos, a fuerza de contrastar su beligerante política exterior con el modo de vida engañosamente próspero de su capitalismo interno. El protagonista vive atrapado en esa esquizofrenia que pasa por tres fases, cuando viste el uniforme militar de camuflaje, el mono de presidirario y, finalmente, el traje de jugador profesional de póker. Se las arregla para que haya una continuidad siempre, motivo por el que, al alojarse en un motel, cubre de blanco el mobliario de la habitación y retira los adornos para que parezca la celda de castigo en la que purga su sentimiento de culpa. Fiel a su formación calvinista, Schrader hace puro cine religioso, siendo el más bressoniano de los autores actuales. Estudioso de la redención de los pecados, se oculta bajo una apariencia genérica con referencias a los clásicos “El buscavidas” (1961) y “El rey del juego” (1965).