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VENOM: EL ÚLTIMO BAILE

Menos mal que es el último baile


Está siendo un año tremendamente flojo en lo que a cine de superhéroes se refiere; tal vez “Deadpool y Lobezno” sea la única que se salva de la quema.

“Venom: El último baile” es la tercera entrega de la saga del simbionte dirigida por Kelly Marcel; presenta a Eddie Brock y Venom en una huida desesperada, enfrentando enemigos antiguos y nuevos en un viaje caótico.

Su humor irreverente y las escenas de acción son sus mayores atractivos; sin embargo, el guion superficial, la falta de equilibrio entre el humor y la acción y el desarrollo de varios personajes dejan mucho que desear.

Cuando la película abraza su propia absurdidad (algo que sucede en pocas ocasiones), y no se toma demasiado en serio a sí misma, se desarrolla con un espíritu lúdico que podría haber funcionado; por desgracia el aura de seriedad y profundidad que pretende transmitir es ridículo.

Podría haber sido una de esas ‘‘películas malas pero disfrutables’’, pero tampoco lo es.

Visualmente, la película busca compensar sus limitaciones narrativas mediante una serie de escenas cargadas de acción y explosiones, evocando el estilo de los cómics y las películas de acción de los años 80. Sin embargo, estas secuencias no logran disimular las deficiencias de fondo: es un entretenimiento superficial y, por momentos, incluso caricaturesco.

No es una decepción, ya que muy pocos esperaban algo positivo de esta nueva entrega, pero tal vez lo que más moleste es esa sensación de desgana que transmite la propuesta. La película resulta tediosa e irritante, y en lugar de darle a la historia un cierre natural, se acaba por puro agotamiento.

“Venom: El último baile” supone el final de una trilogía muy mediocre.