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Polvo de estrellas


Murió en 2020, a los 95: celebramos este año el centenario de Ernesto Cardenal. Se acaba de editar su “Poesía completa”, oportunidad para releer sus Epigramas, sus Salmos, “Canto a un país que nace”, “Vida en el amor”, ese memorial de injusticias y opresiones que es “El estrecho dudoso” o esa historia total del universo desde el Big Bang preñada de física, mística y épica que es “Canto cósmico”. Tras dos años de noviciado en el monasterio Trapense de Ghetsemaní, en Kentucky, teniendo como mentor al gran Thomas Merton, fundó en el archipiélago de Solentiname, un remoto paraje en el vasto lago Nicaragua, una comunidad contemplativa en la que entre el 65 y el 77 Cardenal comenzó a poner en práctica su profunda fe en la democratización de la cultura, hasta que Somoza echó el alto; pero entre 1979 y 1987 extendió aquella experiencia por toda Nicaragua como ministro de cultura del primer gobierno sandinista.

Juan Pablo II le castigó en el 83 con la suspensión a divinis, que levantó el Papa Francisco treinta años después. Pronto desencantado con la deriva del sandinismo, “La revolución perdida” tituló uno de sus libros de memorias, pero también firmó esa esperanzada utopía social que es “Polvo de estrellas”.