19 OCT. 2025 MALDITA SUERTE Espectáculo audiovisual vacío Gaizka IZAGIRRE HERNANI Comienza la película. La sensación de inmersión y espectacularidad audiovisual es absoluta. La fotografía y la música nos devoran como un tsunami. Pero esa ilusión dura apenas quince minutos: pronto descubrimos que todo son fuegos artificiales, un despliegue superficial que oculta un vacío narrativo absoluto. Dirigida por Edward Berger, “Maldita suerte” desprende un aura de solemnidad constante que no logra sostener. Colin Farrell encarna a Lord Doyle, un hombre enigmático refugiado en Macao, consumiendo sus días y sus noches entre apuestas y alcohol. Desde el guion, nos enfrentamos a un laberinto sin salida poblado por personajes inconexos en tono y carentes de arco dramático. Berger demuestra ser un cineasta obsesionado por el impresionismo visual, pero con la carga de una frivolidad extrema: no hay contenido que sostenga la forma. Busca crear un universo saturado de luces de neón y decorados recargados, pero la experiencia final es la de una sobrecarga sensorial, un artificio que carece de ancla emocional y deja al espectador flotando en un vacío estético. Los planos de James Friend, impecables desde el punto de vista técnico, parecen concebidos más como un escaparate de virtuosismo que como un instrumento al servicio de la narración. Con la música de Volker Bertelmann, por su parte, ocurre algo parecido, es espectacular, pero ejerce un protagonismo casi tiránico, invasivo, tratando de imponer tensión allí donde la narración carece de músculo suficiente. Es un ejercicio visual sobresaliente, pero que falla estrepitosamente en lo más importante: conectar con el espectador a nivel narrativo y emocional.