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El cuerpo que lee


La atención plena, el sereno ensimismamiento de quien lee, esa momentánea suspensión del mundo en derredor, ese secreto territorio interior, o pliegue en el tiempo, en que parece habitar, siempre me ha resultado fascinante.

El rostro de mi aitite delicadamente abismado ante las páginas del libro que sostenía entre sus manos, un surco de palabras por el que sus ojos avanzaban lentamente, entre el remanso y el asombro, entre la paz y el extravío.

O el semblante de ese niño en medio de todo, y aparte de todo, pura alegría mientras posa sus encantados ojillos abiertos de par en par sobre el libro en su regazo. El de quien lee es un silencio frágil, pero también invulnerable.

«Leer es morar en el borde mismo del ser», ha dejado escrito José Antonio Cordón en un encantador librito en el que reivindica el ritual de la lectura, su corporalidad, «ese gesto primigenio que nos coloca ante las puertas del conocimiento, del temblor existencial, de la conmoción poética, de la perplejidad filosófica», detalla Cordón.

Y acaba afirmando: «Así, leer deviene un rezo laico a la belleza del lenguaje». Qué distinto estar el de quien sostiene un libro abierto que el de aquel que desliza sus ojos ansiosos por una pantallita.