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En la era de la comunicación, «estamos más solos que nunca»

¿Qué es la soledad no deseada? ¿Qué imagen se tiene de la soledad? ¿Cómo afecta en las diferentes etapas de la vida? Los psicólogos Rafael Benito, Icíar García-Varona, José Luis Gonzalo, Concepción Martínez y María Dolores Rodríguez tratan de responder a estas en los libros «El cerebro solitario» y «Apego y conexión social».

La soledad no deseada, desde la etapa de bebé hasta la ancianidad, y sus repercusiones ha sido analizada en ambos libros por la editorial Sentir. (Gorka RUBIO | FOKU)

Recientemente publicados, “El cerebro solitario. Neurobiología y soledad no deseada en adultos y ancianos”, del psiquiatra Rafael Benito e Icíar García Varona, psicopedagoga y traumaterapeuta sistémica; y “Apego y conexión social. La soledad no deseada en la infancia y la adolescencia” de los psicólogos y también especialistas en traumaterapia José Luis Gonzalo, Concepción Martínez y María Dolores Rodríguez analizan el significado y alcance de la soledad no deseada desde la etapa bebé hasta la ancianidad. En entrevista con GARA, coinciden en subrayar que «en la era de comunicación y de la información, estamos más solos que nunca, porque si bien las redes sociales multiplican las conexiones, no son generadoras de vínculo».

¿QUÉ ES LA SOLEDAD?

«El covid puso a la soledad en el centro de todas las miradas: políticas, médicas y sociales. Hasta entonces, la imagen de la soledad era la de una persona anciana mirando por una ventana o sentada en un banco del parque sin nadie a su alrededor. Hoy, esta imagen se amplía hasta abarcar a bebés carentes de figuras de apego, niños llorando en un rincón del patio del colegio, jóvenes abducidos por el móvil...», sostiene el neurólogo Gurutz Linazasoro en el prólogo de libro “Apego y conexión social”. Sobre su significado, Benito señala que «la soledad como problema comienza cuando una persona tiene la percepción de que carece de suficientes contactos o relaciones sociales como para sentirse suficientemente segura, acompañada, ayudada. Bajar a por el pan y cruzar algunas palabras con el panadero no te hace sentir acompañado». «No es tanto estar rodeado de gente, sino de conexión, afecto, vínculo», añade García-Varona.

¿PUEDE LA SOLEDAD DESEADA LLEGAR A CONVERTIRSE EN UN PROBLEMA?

«Si la persona no lo vive como tal, no. Muchas veces, la soledad es buscada y es constructiva, por ejemplo, para el autoconocimiento o el crecimiento personal. El problema surge cuando aparece dolor en esa percepción, bien porque no son suficientes las interacciones que se tienen o bien porque lo que estamos recibiendo no responde a nuestras necesidades», precisa Martínez.

¿QUÉ IMAGEN SE TIENE DE LA SOLEDAD?

Gonzalo señala, al respecto, que «se aplican muchas etiquetas marcadas por los guiones sociales. Sigue existiendo una tendencia negativa a pensar que una persona que ha decidido estar sola se siente mal per se. ¿Tienes ya 30 años? Pues te tienes que casar, tener hijos… hay muchos guiones sociales. O nos preguntamos si ese vecino al que siempre vemos solo estará bien. Es posible que detrás de eso haya una persona que lo está pasando realmente mal o que sea una persona que aun viviendo sola se sienta profundamente conectada a quien le rodea y no tenga esa experiencia subjetiva de dolor».

«No se trata de estar rodeado de gente, sino de sentir que hay personas que me tienen en su cabeza, en su corazón. A los adolescentes les pasa mucho eso. Los adolescentes no necesitan que sus figuras de apego estén permanentemente a su lado; lo que sí necesitan es sentir que ellos importan a las personas que constituyen sus figuras de apego. Lo mismo pasa con los adultos», agrega Benito. García-Varona considera que «en el tema de la soledad hay una doble vertiente. Percibo una pseudo-preocupación. Parece que hay oleadas en las que se pone el foco en la soledad, pero seguimos avanzando hacia sociedades cada vez más individualistas que promueven más la soledad no deseada».

EL IMPACTO DE LAS REDES SOCIALES

Preguntados sobre cómo las sitúan, Benito las equipara a «las calorías vacías. Te proporcionan la ilusión de estar conectado cuando en realidad no estás vinculado a nadie ni nada. Son como las tortitas de arroz, que están hechas de aire; tienes la sensación de estar comiendo, cuando en realidad no estás comiendo nada. Te dan un like y tus circuitos de recompensa se activan como si le gustaras a alguien, pero no sabes a ni a quién estás gustando».

«Por eso, encontramos tanto sentimiento de soledad cuando trabajamos con los adolescentes. Están dando un peso especial a cuántos amigos tienen en Instagram, en Facebook, pero sienten ese vacío», asegura García Varona.

Martínez recuerda un estudio de la Fundación Mutua Madrileña y de la Federación de Ayuda contra la Drogadicción según el cual el 87,5% de los jóvenes en el Estado español han sentido soledad no deseada en el último año. «La interacción a través de la redes no facilita algo que es esencial y es el sentimiento de pertenencia, que se ha diluido. ¿A qué pertenezco yo en las redes? Como seres sociales necesitamos a los otros para desarrollarnos. Ahora hay una venta de likes, cuantos más tengo, más popular soy, pero realmente no estoy sintiendo ese apoyo por parte de los demás, sino que estoy proyectando una imagen», incide.

ADOLESCENCIA, NEURODESARROLLO Y SENTIMIENTO DE SOLEDAD

«Es el grupo de edad en el que uno podría pensar que está menos solo; fiestas, juerga y, sin embargo, los sentimientos de soledad, de falta de conexión, son muy altos. En pandemia, los jóvenes sufrieron el confinamiento más que los adultos y los niños. Tuvieron que recluirse y tratar de negar a su sistema nervioso lo que necesitaba, que era justamente estar con sus iguales, explorar, experimentar… Por eso, la salud mental de los adolescentes se deterioró tanto. Y aún seguimos padeciendo la ola de trastornos psíquicos asociados al covid», indica Benito.

Todos ellos hacen hincapié en lo fundamental que resulta conocer el neurodesarrollo del cerebro para comprender esta etapa «crucial y muy demonizada. La adolescencia es como una vuelta al principio, como si el sistema nervioso volviera a reiniciarse, por eso un niño de ocho años necesita menos a sus figuras de apego que un adolescente de catorce. El neurodesarrollo de un adolescente dura entre diez y doce años. Esto nos da la oportunidad de reparar y resolver problemas que se generaron en la infancia y que retoñan en la adolescencia. Desde el punto de vista de la neurociencia, es un periodo muy fértil». Martínez insiste en la importancia de «las competencias parentales y de saber entender bien a los adolescentes. Es una etapa inversión emocional. Los padres interpretan como rechazo que les interesen más iguales cuando eso forma parte de la propia naturaleza del proceso de crecimiento. ¡Qué grave es cuando los adolescentes se sienten solos y sus padres son incapaces de atender esas necesidades a nivel emocional! A lo mejor ellos tampoco pudieron tener una infancia en la que fueran cubiertas esas necesidades. Es muy importante echar la vista atrás, y ver el niño y adolescente que fuimos y cómo eso va afectar de una manera fundamental las relaciones que voy a tener con mis hijos».

Gonzalo pone sobre la mesa «el abandono próximo: padres físicamente presentes, pero emocionalmente ausentes. Esto está ligado a la competencia parental y a las ideas que la gente tiene sobre qué te capacita para ser padre. La gente cree que les capacita la biología o lo que le han enseñado sus propios padres. Muchos creen que los hijos se hacen solos o que todo depende de su carácter o de los genes».

«Siempre tengo presenta la idea de Daniel Siegel de hacerles ‘sentir sentidos’, es decir, ‘me intereso por ti, me preocupo por lo que te pasa. Me hago cargo de lo que sientes’. Ese niño siente que vive en la mente de sus padres. Es responsabilidad del adulto adaptarse al niño o a al adolescente, y no al revés. Si un niño, en el inicio de su neurodesarrollo, experimenta situaciones de negligencia, de abandono o soledad, su cerebro irá teniendo cada vez menos probabilidades de desarrollar las competencias necesarias para conectar con los demás», comenta Benito. En este punto, Rodríguez hace la siguiente advertencia: «Esta persona no solo va a estar sola, sino que será mucho más vulnerable al exterior y estará más expuesta al impacto del trauma y a situaciones en las que no se sentirá capaz de pedir ayuda y estará condenada a vivir en soledad cualquier episodio de sufrimiento -bullying, abuso sexual...-, que se mantienen en silencio durante años y tal vez se desvelan, por primera vez, en la vida adulta en una terapia».

LOS MEDIOS Y EL ACOSO ESCOLAR

Sobre los casos de bullying que llegan a titular, lamenta que «las noticias llegan tarde y no sirven para reparar lo que se debería de haber reparado antes. La implicación de la sociedad debe darse antes de que sea noticia. La ley del silencio que impera en este tipo de situaciones nos lleva a todos a ver, oír y callar, y a poner el foco después de que haya ocurrido. Se pone el acento en los colegios, se expone a los demás menores… todo eso desvirtúa el problema de origen y lo amarillea. La pregunta que deberíamos hacernos es como colegio, familias, observadores o testigos qué hubiéramos necesitado para poder identificar lo que estaba ocurriendo. Me parece muy injusto que se coloque esa mochila en niños de 12, 13, 14 años cuando como adultos somos quienes tenemos que coger la batuta y empezar a hablar de lo que está pasando, y tomar medidas para fomentar una inclusión real, que no existe. Nadie quiere ponerle el cascabel al gato y nos estamos pasando la pelota hasta que pasa algo. Entonces somos todos muy solidarios y nos rasgamos las vestiduras, pero ya es tarde».

«Cuando ocurre algo trágico se trata lo momentáneo, sin profundizar en lo estructural y en cómo se ha llegado a eso, en qué nos hemos equivocado como sociedad, porque en esto nos tenemos que incluir todos», agrega García-Varona.

EL PODER DE UNA MIRADA Y UNA CARICIA

«El mero hecho de que alguien te mire y sonríe calma tu sistema nervioso. Hay una zona del cerebro que se dedica exclusivamente a detectar si esos ojos te están mirando a ti o a otra cosa. Si una persona grita mirando a la ventana es muy diferente a si grita mirándote. El poder de la mirada es muy importante a la hora de establecer conexión, así como el contacto físico, que se mantiene a lo largo de toda la vida. Sentir una caricia produce cambios profundos en la fisiología y el estado psíquico. El contacto físico reduce la respuesta al estrés, la frecuencia cardíaca y la tensión arterial», sostienen. Esa mirada y esa caricia son esenciales también para mitigar los sentimientos soledad en la ancianidad, más en «sociedades como la nuestra que idolatran la juventud y en las que tenemos que ser siempre adultos jóvenes. Pareciera que el estado ideal son los 30. Los niños y adolescentes interesan, pero cuando llegas a anciano y no eres tan guapo ni autónomo, te conviertes en una carga. Además, su estado físico suele dificultar la conexión social bien porque no les permite salir de casa o bien porque la pérdida de visión o de la audición entorpece la comunicación con los otros. Además, no existe respeto por la sabiduría del anciano, qué me va a enseñar un viejo que no me pueda enseñar Iván Llanos. La sociedad debería hacer un esfuerzo», concluyen.