28 ENE. 2026 DE REOJO El espacio en blanco Raimundo FITERO {{^data.noClicksRemaining}} Para leer este artículo regístrate gratis o suscríbete ¿Ya estás registrado o suscrito? Iniciar sesión REGÍSTRARME PARA LEER {{/data.noClicksRemaining}} {{#data.noClicksRemaining}} Se te han agotado los clicks Suscríbete {{/data.noClicksRemaining}} Existe un movimiento social que se plantea un cambio de paradigma y proclama la vida lenta. Parece una utopía regresiva, pero en este mundo, en estas sociedades donde la productividad se enmarca hasta en un concepto político de progreso, pararse un rato, un ratito nada más, si se tienen los resortes neuronales, emocionales y hasta económicos básicos adecuados puede ser un alivio. Y si esto estuviera al alcance de una mayoría social, quizás entráramos en una fase de la humanidad propicia a la convivencia y el sosiego. Parece que el aburrimiento se ha convertido en un agente refractario, una suerte de pandemia en claroscuro, y existe un terror desde la más tierna infancia, hasta una cierta madurez o la ancianidad a quedarse sin hacer nada, que en muchas ocasiones se convierte en culpa. Sin actividad, sin obligaciones, sin labores, aunque en este ámbito pueden entrar asuntos tan aleatorios como contestar correos, visitar redes sociales o leer noticias y bulos como dieta de desinformación obligatoria. En ciertas ramas de la sicología se entiende que el aburrimiento puede ser considerado un espacio en blanco que lo podemos llenar con pensamientos, calma, inquietud, creatividad, por lo tanto, es una buena oportunidad para rearmarse, para escucharse a uno mismo. Pero si eso lo tratamos como algo reprobable, como un fallo de nuestro compromiso vital, acabamos en la hiperactividad neurasténica. Hay que aprender a parar, quedarse quieto y no hacer nada más que respirar y vagar por los vericuetos de nuestra mente e imaginación que puede convertirse en el primer paso hacia la libertad.