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Pequeñas compras para grandes vacíos


Ayer recibí un audio de una buena amiga. En él me contaba lo consumida que se sentía por las prácticas y cómo se había comprado un par de sobres de cartas de una colección que sabía que nunca iba a terminar. «Yo creo que es que me encuentro depre y consumo», me decía al final de la grabación, entre risas. A mí me produjo un escalofrío.

Habrá quien piense que esto es únicamente un problema individual, una cuestión de falta de fuerza de voluntad o una mala gestión del dinero. Pero, sinceramente, en una sociedad en la que tenemos hasta una frase hecha para ello, dudo que el origen sea tan personal.

Porque nunca hablamos de «darnos un capricho» refiriéndonos a dar un paseo en silencio o a sentarse con alguien a charlar sin prisas. Por lo general, solemos utilizar la expresión para justificar pagar siete euros por un café empalagoso, o comprar la última edición especial de un libro que ya tenemos. Lógicamente, hay una estrategia comercial muy potente detrás de todo esto: convertir el alivio emocional en una simple transacción y transformar un vacío en un pequeño gasto repetible.

Es una pena, pero es también el aprendizaje que heredamos desde pequeños: por trabajar duro y esforzarte, podrás comprarte algo como premio. Esa enseñanza no es inocua. Imaginemos que, como norma, sustituimos la curiosidad y las aficiones por bienes materiales; es fácil que, con el tiempo, dejemos de ser creadores, y nos volvamos únicamente consumidores. Ojalá el premio fuese poder dedicarle tiempo a lo que nos gusta, o a descubrir de qué se trata.

Pero vivimos en una espiral de consumismo e inmediatez de la que nos va a resultar muy complicado salir, si es que algún día lo conseguimos, a nivel colectivo. Frente a las desdichas de la vida, buscamos placebos instantáneos: compras, aperturas de paquetes, pequeñas victorias consumistas que ocupan un hueco emocional por unos instantes. A la vez, y esto me preocupa tanto como lo anterior, hemos perdido cierta capacidad para convivir con la soledad: no concebimos quedarnos a solas con nuestros pensamientos porque sentimos la necesidad de llenar cada pausa con estímulos constantes o buscar una productividad ficticia.

De todas formas, no quiero sonar derrotista tampoco: hay gestos sencillos que cambian la dirección de esto. Conversar con quien queremos, desde la honestidad y sin culpa; sustituir el «me lo merezco» material por experiencias reales y enriquecedoras, compartidas o a solas; reconocer que el cansancio emocional no siempre se resuelve con distracciones, y que pedir ayuda también es un acto de cuidado.

Ojalá mi amiga consiga, al menos, terminar con la colección. Y si no la termina, que pueda mirarla sin vergüenza.