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Romano


El sacrosanto edificio de la Iglesia católica, apostólica y romana está construido sobre mártires que fueron consagrados tras haber obrado milagros asombrosos, como San Quintín, que acabó decapitado en alguna parte de la Gallia Belgica, supuestamente allí donde hoy se alza la basílica que lleva su nombre, en el municipio francés también llamado Saint-Quentin. A poco más de 400 millas latinas de allí, en la antigua Lugdunum, varios miles de neonazis se manifestaron el otro día por Quentin Deranque, un «joven identitario», léase supremacista, que perdió la vida al acudir con sus correligionarios a reventar una conferencia de la eurodiputada franco-palestina de izquierdas Rima Hassan en Lyon. Su martirio ha obrado el fascinante prodigio del blanqueamiento de la extrema derecha en el que políticos de toda índole y condición han lamentado la pérdida demonizando al mismo tiempo a la izquierda representada por la LFI y logrando que el Parlamento haya guardado, por primera vez en su historia, un minuto de silencio por una persona cuyo ideario preconiza el odio al homosexual, al migrante, al de piel oscura, al musulmán, al judío, a la feminista, al sindicalista... todo ello bajo la sombra del saludo romano mussoliniano, cuya ideología se sigue combatiendo hoy día al son partisano del “Bella Ciao”.