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No dejo de pensar en vosotras


No dejo de pensar en los últimos instantes de las niñas, en sus últimos momentos con vida, en su último suspiro, en sus miradas, en sus gestos y movimientos. ¿Qué pasó por sus cabezas? ¿Qué sintieron? ¿Cómo serían los besos que jamás darán, las manos que jamás entrelazan, los libros que no leerán, los atardeceres que no presenciarán, los amores por los que, jamás, suspirarán? No dejo de pensar en los planes que tendrían para el día siguiente, quizá jugar con sus amigas, pasear junto a sus hermanas, dormir plácidamente hasta que el sol de la mañana las despertara con sus caricias, comerse una naranja. Nunca habrá una primera vez para ellas, nunca podrán alzar la voz, equivocarse, teñirse el pelo o rebelarse. No bailarán para intentar romper sus cadenas. No dejo de pensar en la mente de los asesinos. ¿En qué pensaban antes de matarlas? Las han eliminado, rápido, sin derecho a defenderse, sin derecho a ver juzgados a sus agresores. Las guerras de los hombres acaban con todo, con las rosas, con los árboles, con las edificaciones soñadas, con las niñas que fantaseaban con su futuro. Los hombres que comienzan una guerra ejecutan a eso que consideran ‘los otros’. Sin embargo, no basta con eliminarnos para vencernos, o eso necesitamos creer. No dejo de pensar en vosotras.