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LA RESIDENCIA

La frialdad como estilo


Puede que les parezca una nadería, pero lo de titularla en español “La residencIA”, subrayando con fluorescente las dos últimas letras, es ya una declaración de intenciones. Y lo más irónico es que, en su pulcritud aséptica, en su diseño de interiores minimalista y su montaje, parece por momentos generada por la misma IA que denuncia.

La premisa, no obstante, es interesante. Clarissa, una escritora falta de inspiración, ingresa en una prestigiosa residencia de artistas en la vanguardia de la tecnología. Allí encuentra apoyo -e incluso un confidente- en Dalloway, su asistente virtual, que la ayuda a escribir. Pero Clarissa empieza a sentirse incómoda con la presencia cada vez más intrusiva de la IA, un malestar amplificado por las advertencias conspirativas de otro residente. Al sentirse observada, Clarissa se embarca en secreto en una investigación para descubrir las verdaderas intenciones de sus anfitriones.

El principal problema del film está en la distancia entre sus ambiciones intelectuales y su ejecución narrativa. La película formula ideas con aparente solvencia, pero las trata con una prudencia que las desactiva. Se mueve entre distintos géneros -el suspense, el retrato psicológico y la reflexión sobre la IA- sin consolidar una identidad propia en ninguno de ellos.

Su voluntad de intervenir en el debate contemporáneo queda, así, en un plano superficial. Le falta mala leche, le sobra pedagogía y el discurso se impone demasiado sobre la imagen.

Es un thriller psicológico irregular, cuya frialdad estética termina por distanciar al público. La puesta en escena, excesivamente contenida, contribuye a esa sensación de desconexión.