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¿Baterías?... ¡Más madera!


Cojo un bolígrafo. Extiendo el brazo. Abro la mano con la palma hacia abajo y pienso que el bolígrafo no caerá al suelo. Es solo una idea, un pensamiento que existe únicamente en mi mente. Esa es la lógica del capitalismo: el credo del «todo vale», del «todo es posible»... Siempre que genere beneficio.

Cojo de nuevo el bolígrafo. Extiendo el brazo. Abro la mano y pienso que no caerá hasta dentro de siete segundos. Eso sería el llamado capitalismo verde: la creencia de que podemos seguir haciendo lo mismo de siempre y, además, convertir lo renovable y lo ecológico en una nueva oportunidad de negocio.

Creer que este tipo de planteamientos puede imponerse a las leyes físicas es una ingenuidad peligrosa. Las ideas son ideas; las leyes de la física, son ineludibles. El planeta es finito y sus recursos -petróleo, gas, uranio, plata, cobre, litio, cobalto, entre otros- se agotan. Pensar que las energías renovables permitirán mantener indefinidamente el actual nivel de vida de los países más desarrollados es, cuando menos, una ilusión.

El petróleo ha sido la sangre que ha impulsado la economía mundial, especialmente en los países más ricos. Suponer que la energía eléctrica podrá sustituir sin límites todas las actividades que hoy dependen de los combustibles fósiles constituye una simplificación excesiva. A ello se añade la dimensión geopolítica: el control de los recursos energéticos ha sido origen de conflictos, guerras y graves impactos humanos y ambientales. El consumo masivo de recursos y combustibles fósiles en contextos bélicos resulta, además de devastador en términos humanos y en infraestructuras un aporte extra la emisión de gases de efecto invernadero.

Los hidrocarburos y el gas son recursos finitos, y la carrera por asegurarlos responde a una lógica de dominación y competencia global. Como se ha señalado en alguna ocasión, el último litro de gasóleo podría terminar consumiéndose en un tanque de guerra.

En el ámbito energético, estos días se anuncia la posible instalación de una fábrica de baterías en Nafarroa para el almacenamiento de energía eléctrica. La cuestión que se plantea es si este modelo constituye una verdadera transición o, por el contrario, una prolongación del mismo esquema de consumo creciente.

El almacenamiento energético requiere materias primas escasas y conlleva pérdidas en los procesos de conversión y conservación. Asimismo, aumentar la capacidad de producción cuando la demanda desciende puede generar ineficiencias estructurales y desequilibrios en el sistema.

Esta dinámica puede ilustrarse mediante una parábola:

Érase una vez un pueblo de cien habitantes que cada día horneaba 25 barras de pan, tal como había establecido el Gobierno. Utilizaban trigo ecológico de la variedad rojo de Sabando y calentaban el horno con leña. Aunque en los últimos 8 años el consumo había descendido un 7,5%, el Gobierno insistía en incrementar la producción hasta triplicar la cantidad inicial.

Ante los excedentes, decidieron congelar el pan sobrante. Sin embargo, el trigo era escaso y pronto no habría suficiente para mantener ese ritmo. Además, el proceso de conservación implicaba la perdida de un tercio de la producción de pan y un mayor consumo de energía. La leña también empezó a escasear, ya que se talaban más árboles de los que el monte podía regenerar. Con el tiempo, el suelo quedó desnudo, se erosionó y acabó convirtiéndose en un erial.

El pueblo se quedó sin pan, sin energía y sin tierra fértil. Con el tiempo, también desaparecieron la fauna y la flora. Aquel valle, antes equilibrado y fértil, dejó de existir. Es como la célebre escena del tren en una película de los Hermanos Marx: se arroja cada vez más madera a la caldera para mantener/aumentar la velocidad. Pero cuando la madera se agota, el tren se detiene y queda destartalado.

Por todo ello, quiero hacer un llamamiento a la sociedad −y, en especial, a quienes cuestionan el modelo económico vigente− para que reflexionemos sobre los límites del sistema, sobre la apropiación de materias primas y territorios que dicho modelo implica y sobre los conflictos y guerras que con frecuencia genera. La alternativa no puede limitarse a una versión «verde» del mismo paradigma de crecimiento capitalista.

Necesitamos un modelo social que garantice el respeto a los derechos humanos y a los límites biofísicos del planeta, sin sobrepasar los umbrales que sostienen la vida. En este sentido, considero que documentos como “Bizigintza” y organizaciones como Stop Fosilak, Greenpeace o WWF, entre otras, deberían examinar críticamente hasta qué punto el apoyo a determinadas propuestas vinculadas al denominado capitalismo verde impulsa una transformación estructural real o, por el contrario, contribuye a reforzar el modelo existente.

Ello exige la implicación de personas y colectivos diversos en la desmercantilización de ámbitos esenciales como la energía, la salud, la cultura o la alimentación; en la recuperación de lo público allí donde ha sido privatizado; en la reducción del consumo y fabricación de lo superfluo; en la reorientación de nuestras prioridades hacia las necesidades reales de las personas y de los pueblos, respetando los nueve límites planetarios.