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KOLABORAZIOA

Todo no es mentira


Se ha atribuido a la radio la ventaja de su compatibilidad con otra actividad, algo que se le negaba a la televisión, dando por supuesto que requería una atención total, aunque en muchos casos se hubiera convertido ya en ruido de fondo para acompañar la soledad. Pongo la tele cuando me recuesto para echar la siesta, pongo un programa de título provocativo que trata de compaginar política y humor y que lo había conseguido de manera aceptable tras un inicio lleno de dudas y experiencias fallidas. Asistía con extrañeza que personajes que habían ejercido un importante protagonismo en la política española accedieran a dejarse utilizar y se pusieran al servicio del diseño de un programa muchas veces humillante: se rebajaran a ello.

Son las horas primeras de la tarde de bajo consumo televisivo, son, o eran, programas de relleno. Creo recordar que en nuestra tele hubo mejores tiempos en este y otros horarios. Guardo especial buen recuerdo de aquellas vespertinas que conducía Jaime Otamendi, con unos medios que seguramente ningún otro programa cuenta ya en nuestra tele. Hacer programas de calidad, como el de Jaime, cuestan dinero, y no garantizan altas audiencias: la televisión pública se lo debería permitir, nadie debería reprochárselo. Lo que no se le puede permitir es que hagan o pasen programas basura, que además no sirven para competir con las grandes y ajenas, que no sirven para atraer publicidad, ni audiencia para el Teleberri que sigue, una explicación que he oído en ocasiones entre los expertos de la casa.

Los jóvenes no ven televisión, mejor dicho, no la ven en directo ni en formato convencional. Los «grandes», así llaman a los ancianos en la América castellanoparlante, ellos sí, ven o encienden muchas horas de tele, y son muchos. También los y las euskeldunes, que estarían encantados de que por esas horas de siesta y relax pasaran personas solventes, cultas, entretenidas, como aquellas que participaban en el programa de Jaime Otamendi. El programa debería estar politizado, que no es lo mismo que partidizado, desde la preocupación de un medio que tiene en frente toda la batería de medios alienantes de su condición nacional. Es tiempo ya, lo era hace mucho, de una reflexión profunda sobre la razón de ser una televisión pública vasca. PNV y EH Bildu tienen, como representantes mayoritarios de la sociedad, una obligación mayor, especial, pero en esa reflexión tienen que participar muchos agentes más. Y desde luego, uno tan «antipático» como ELA, y la universidad pública y las otras, si se avienen (Ramón Zallo, por desgracia, no podrá ya ayudarnos en eso, y en tantas otras causas justas).

Comencé a escribirlo hace meses y lo dejé aparcado cuando observé que este tipo de programas estaba cambiando, se radicalizaban, perdían incluso sus invocadas formas, al compás de la «radicalización» de TVE, de su al parecer exitosa competencia. Cada vez los veo menos, todos, porque todos son insoportablemente previsibles. También los más amigables. No he sido tan ingenuo o tan desconocedor como para creer en la objetividad informativa y en el equilibrio editorial, pero recuerdo tiempos en los que los profesionales de la cosa y de la casa se tenían más respeto a sí mismos. Los de ahora, porque no pueden o porque no quieren, se avienen a papelones que dan vergüenza ajena. Verdad es que estoy pensando sobre todo en los medios españoles, pero es que desde hace bastante tiempo no siento lo necesidad de enfadarme con los nuestros. Y esto es todavía peor.