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Rozalejo: ¿impecable forma democrática?


El día 25 se inauguró el palacio del marqués de Rozalejo, reconvertido en el nuevo Instituto Navarro de la Memoria, denominado Rozalejo y definido desde la institucionalidad como centro de Memoria y Convivencia.

Con este motivo, un pequeño grupo de la Agrupación por el Derribo de los Caídos (33 asociaciones memorialistas) acudimos junto a la fuente de Navarrería, frente al edificio Rozalejo. Así se había decidido en la Agrupación: visibilizar nuestra reivindicación, el derribo de «los Caídos», sin alterar para nada la inauguración prevista.

Desde el inicio de la calle Navarrería observamos un gran despliegue policial. Pensamos: «Será en previsión de algún altercado que pudieran provocar los elementos fascistas». Desde la fuente observamos policías, tanto de paisano como de uniforme, distribuidos por todas partes. A lo lejos, al inicio de la calle Aldapa, varios jóvenes estaban retenidos y posteriormente fueron identificados. Les habían requisado una pancarta con el lema «Gaztetxe Maravillas». Ese era su delito. Algunos policías, sin identificarse, trataron de amedrentar de malos modos a un compañero.

¡Ahora «caemos»! ¡El dispositivo policial está dirigido contra nosotros y no contra los fascistas, contrarios a la lucha por la memoria de nuestros familiares asesinados! ¡Los peligrosos somos nosotros! Tras la pancarta, una docena de personas: familiares de asesinados y viejos militantes de la memoria. Varios de nosotros, ya en la década de los 70, recorrimos la geografía navarra abriendo fosas a pico y pala en las cunetas para recuperar a nuestros familiares, en Ibero, Etxauri, El Perdón, Uruñuela, Villatuerta, etc., y en esa línea hemos continuado hasta el día de hoy.

Pasadas las 10, mientras permanecíamos rodeados de Policía Foral y también de agentes de paisano, fue pasando una ristra de invitados. En muchas de sus hoscas caras se reflejaba el desdén. A gran parte de estas personas las conocemos. ¿Memorialistas de nuevo cuño y buen sueldo? Nunca los hemos visto en el tajo de la memoria. Otros, una pequeña minoría, nos han ido acompañando a lo largo de estos 50 años.

Allí permanecimos media hora, cantando la canción de Fermín, “Maravillas”, en memoria y honor de la niña asesinada, de su familia y de las miles de personas víctimas de la represión en Navarra. Transcurrido ese tiempo, plegamos la pancarta y nos largamos. Tres de nosotros echamos una cerveza en un bar cercano. A la salida, el grueso del dispositivo policial había desaparecido; solo un par de agentes uniformados quedaban en la puerta de Rozalejo. Más claro, agua: no era para los fascistas para quienes estaba preparado ese gran despliegue policial. El objetivo éramos nosotros. Y nuestra coherencia era lo que pretendían arruinar.

Ante estos hechos, varias son las preguntas que nos hacemos: ¿qué pretendían la presidenta María Chivite y la consejera Ana Ollo, responsables últimas de este despliegue policial, preparado exclusivamente para cercar a doce personas con 50 años de militancia en la memoria, y cuya reivindicación no es otra que la eliminación de ese monumento de exaltación de los asesinos de nuestros familiares y de sus cómplices? ¿Acaso buscaban que se encendiese la chispa, al estilo del recibimiento a los voluntarios de la flota de Gaza? Poco faltó ante las provocaciones.

Entre los invitados, fueron escasas las asociaciones de víctimas y memorialistas que accedieron a este acto de inauguración. Incluso a alguna que no había sido invitada se le negó la entrada cuando intentó acceder. Este vergonzoso episodio poco o nada casa con las repetidas palabras de la consejera sobre la colaboración de la Administración con el colectivo memorialista, palabras que suenan más bien a filfa y postureo.

¿Trataban de emular aquella «acción impecable de forma democrática» que supuso el desalojo del «Gaztetxe Maravillas», calificado de esta manera por la señora Barcos en su intento de patrimonializar, en días previos, el nuevo proyecto en Rozalejo?

Si su intencionalidad era que desistiésemos de nuestra reivindicación, pincharon en hueso. Son muchos años, demasiados, los que llevamos trabajando y luchando por la memoria, los derechos de las víctimas y sus familiares. Ni nuestros familiares asesinados ni la sociedad navarra merecen la permanencia de ese edificio al final de Carlos III.

Entretanto, estaremos donde siempre hemos estado. Seguramente nos encontraremos en fosas, homenajes, etc., como ha venido ocurriendo hasta ahora. Y no le quepa duda, señora consejera, de que igualmente no le va a hacer falta fuerza pública que la acompañe, como ha sido siempre.