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¿Plan de convivencia? Lo veo crudo


El artículo de Marina Curiel, publicado en este periódico, titulado «Convivencia democrática para Pamplona» (30.8.2026) me ha sugerido varias preguntas que quiero compartir con el lector. Veamos. ¿Es posible y deseable que exista una convivencia democrática basada en una «gestión política» de los conflictos? ¿Pueden exigir convivencia pacífica y cohesión social unas organizaciones (los partidos políticos) cuyo motor es, por definición, el conflicto ideológico, la confrontación de modelos y la búsqueda de la victoria electoral sobre el adversario? ¿Qué significa convivir y cuáles son los valores éticos en los que debería fundamentarse dicha convivencia?

Lo común es afirmar que una convivencia democrática se sustenta en unos mínimos éticos compartidos: las reglas de juego comunes (la ley), el pluralismo (aceptar que la sociedad es diversa y que nadie posee la verdad absoluta) y la resolución pacífica de los conflictos. Y aquí estaría lo paradójico del asunto. ¿Acaso los partidos políticos no operan bajo la lógica de la polarización, porque necesitan diferenciarse del otro para ganar votos? ¿Y no es verdad que movilizan sus bases exacerbando el miedo o el rechazo hacia el «adversario político», transformándolo en el «enemigo número uno»? La situación es lo más parecido a que un ateo pregonara la existencia de Dios como el origen de todo bien.

La autora juzga que su plan debería ser dirigido por los partidos, para evitar que, dados los «tiempos convulsos» en que vivimos, Pamplona no desemboque en violencias físicas. Paradójico. Porque son los partidos políticos la parte esencial del conflicto, transformando el debate público en una trinchera permanente, importándoles muy poco los medios utilizados para conseguir sus fines. Lo que sucede en el ayuntamiento de Pamplona entre el tripartito y UPN «ibarrolizado» debería hacer pensar a los promotores de dicho plan si al pretenderlo no es lo más parecido a una aporía, un callejón sin salida. Yo empezaría a dar ejemplo intentando convencer a UPN, hijo pródigo del plan, para que regresara al redil. Si no son capaces de convencer a los «ibarrolos» para que participen en un plan de convivencia, ¿lo harán para Pamplona? Y ya no digamos si hablamos del PP y de Vox.

Me pregunto si no serán los partidos quienes necesitan un plan de convivencia y no la ciudad. Además, el apriori del que se parte da por hecho que Pamplona anda en guerra o en un ambiente prebélico. Y no es así. Y, desde luego, apelar a Ceuta y otros escenarios convulsos es analogía argumentativa deleznable.

Al pensar en el concepto de convivencia, he recordado la parábola de los erizos, de Schopenhauer. En un crudo invierno, dos erizos se encuentran y pronto perciben que necesitan juntarse para darse calor. Al hacerlo, descubren que si se acercan demasiado, las púas les hacen daño. Y, si se alejan demasiado, se congelan de frío. Así que, tras varias tentativas, encuentran la distancia justa para darse calor sin hacerse daño. Es lo que hacen.

También, existe otra opción legítima de convivencia pacífica que consiste en no relacionarse con los que no estás de acuerdo. Por prudencia cívica. Nadie está obligado a ser amigo de todo el mundo, ni a debatir de política ni de fútbol en cada comida familiar, ni a frecuentar a personas cuyas ideas nos repelen. La convivencia pacífica no requiere que nos amemos los unos a los otros, lo que sería un agobio, ni que renunciemos a nuestras convicciones, sino que aceptemos la incomodidad de compartir un espacio común manteniendo la distancia suficiente para no pincharnos y la cercanía necesaria para no destruirnos.

La solución no es forzar un afecto artificial, sino pactar las reglas del distanciamiento. Al igual que los erizos, si aceptamos que nuestras «púas» (nuestras ideas absolutas, nuestros egos y nuestros arrebatos) hacen daño al contacto estrecho, la clave sería aprender a mantener la distancia justa. No necesitamos devorarnos ni tampoco fundirnos en un abrazo imposible: basta con reconocernos el espacio vital para no matarnos en el intento. Es cierto que necesitamos orden y paz social para sobrevivir, pero pretender que deleguemos esa tarea en los partidos políticos, olvidando que estos se nutren biológica y culturalmente de la división, el antagonismo y el instinto depredador de la tribu, resulta sarcástico.

Pedirle a la política que construya la armonía universal es como poner al zorro a cuidar el gallinero, o pedirle al fuego que apague el incendio. Por definición, la política organizada no puede eliminar el conflicto porque esta es su materia prima; sin enemigo al que oponerse, un partido político termina languideciendo.

También sabemos que el Estado y los partidos no van a salvarnos ni a curar nuestra naturaleza tribal. Como mucho, pueden arbitrar normas de tráfico para que no nos atropellemos en la vía pública. Si la estructura colectiva falla por diseño, la única salida práctica es la trinchera privada: reducir el volumen del ruido público, mantener la distancia de los erizos y cultivar la convivencia a pequeña escala (con los vecinos, los amigos y la familia elegida) donde la biología de depredador se domestica a base de afecto real y no de consignas ideológicas, culturales o la aplicación pura y dura del código penal.

Por un lado, retirarse a lo próximo y cercano (la familia, los amigos de verdad, el entorno inmediato) ofrece paz mental y protege del ruido tóxico. Por el otro, las decisiones políticas nos afectan nos gusten o no y encerrarse del todo a veces es como una huida o un lujo que no siempre se puede mantener.

Al final, quizá se trate de aceptar que vivimos con esa contradicción abierta, navegando entre la necesidad de protegernos con la distancia de los erizos y la realidad de que compartimos el mismo suelo. Y ello sin gritos, sin actos prebélicos y, sobre todo, respetando la dignidad de los otros. Y la dignidad no se otorga por méritos, inteligencia, ni por lo maravillosas que sean nuestras ideas. Se tiene por el simple hecho de pertenecer a la especie humana. Las ideas no aumentan ni disminuyen la dignidad del ciudadano, pero sí dimensionan su calidad ética y su responsabilidad cívica. Está por saber cuáles son las ideas éticas del Plan de Convivencia, no para que las cumpla la ciudadanía, sino para que se la apliquen los propios partidos y comprobar así si el experimento funciona.