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Exigencia


Algunos autores confiesan que son demasiado exigentes con su propia obra. Buscan la perfección en cada frase, en cada trazo, en cada compás, en cada malabar. Nunca se dan por satisfechos, consideran que se puede hacer todavía mejor. Son los que sienten que no merece la pena escribir cuando ven una errata o una falta de ortografía en un artículo. Los que se hunden al descubrir su partitura quebrada en unas décimas de segundo. Aquellas que se pasan dos años para dar por pasable un verso. Quienes son incapaces de dar por acabado un cuadro o una escultura. Buscan la excelencia y encuentran la angustia. O la maldición.

¿Existe alguna otra actitud en el proceso de composición de cualquier obra de arte que no sea la exigencia máxima? Lo contrario es la abulia, el ya vale por pereza, el quedarse siempre en lo obvio, en los primero que aparece. Aunque se tenga talento, si no se ha engendrado el virus de la insatisfacción plenaria se frena siempre en la mediocridad, en el quiero y no puedo. Hay que romper en cada acto los límites, ser exigente con uno mismo hasta la neurosis, y después, con los años, condescender a la aceptación de lo imperfecto como parte del proceso de salvación.

Desde el don, la circunstancia no puede con el soplo de construir una realidad a base de corcheas, gestos, sinalefas o mortales. Pero, ¿dónde se coloca la crítica ante el análisis de lo realizado. ¿Significa lo mismo exigencia en un creador que en un analista? No hablo de ética. La luz, el silencio, la química y la metafísica que se necesitan para exigir, debe ser de la misma entidad que la de exigirse. No deben haber componendas ni relativismo. Apasionante exigencia.