06 JUL. 2014 KOLABORAZIOAK Fiestas y libertad Ainhoa Beola Olaziregi y Lur Etxeberria Euskal Herria Bildu En estos días de verano es habitual la concentración de cientos de personas compartiendo los espacios festivos. Cada quien a su rollo, viviendo la fiesta como quiere, como puede o como le dejan, sea en bares, choznas, desfiles o peñas. Pero demasiadas veces eso de vivir la fiesta como se quiere colisiona con poder vivir la fiesta libre de agresiones. Agresiones dirigidas a las mujeres o a colectivos que se salen de la heteronorma, por parte de algunos hombres que se creen con el derecho a abordar y agredir de múltiples formas a cuanta mujer se cruza, algunos de ellos siendo hasta incapaces de identificar sus acciones como agresiones sexistas. Por una sociedad hipócrita, que se rasga las vestiduras ante imágenes explícitas, mientras obvia que las agresiones sexistas se dan diariamente y en todos los ámbitos de la sociedad. Por representantes institucionales que cosificando a las mujeres en su actuación diaria dicen no compartir la agresión denunciada. Y por sistemas judiciales y policiales que victimizan doblemente a las mujeres que deciden denunciar una agresión, mediante su permisividad o posibilitando la impunidad ante el acto. Desde esa intendencia de la fiesta demasiadas veces olvidada, donde las mujeres son las encargadas de hacer las comidas, quedar a cargo de las personas dependientes y limpiar las ropas, para quienes la fiesta es el momento donde el trabajo diario se les acumula por el «bien común» de quienes se la pasan de juerga; hasta las agresiones sexuales ocurridas en las fiestas populares que anualmente saltan a los medios de comunicación, con imágenes televisadas o notas de prensa... todo ello no es otra cosa que el reflejo de la sociedad desigual, heteropatriarcal y carente de libertad que nos rodea y que es la norma cotidiana para las mujeres. Por lo tanto la alarma, indignación y denuncia la debe de generar toda acción que vulnere la libertad de las mujeres a vivir los espacios como decidamos hacerlo. Porque más allá de esas manos masculinas arrancando la ropa a mujeres y voces jaleando dicho acto, hay agresiones diarias que también debemos denunciar: comenzando por la risa de quien ha tocado el culo o la teta a la mujer que ha pasado junto a su lado. O por la mofa de ver una mujer sorteada por el cutre pub de turno. Pasando por el insulto que sale tras el plástico negro dirigido hacia la mujeres que desfilan en un alarde. Y llegando a la justificación del hombre que ha violado a una mujer porque se fue con él y según el agresor ya era demasiado tarde para decir que no. Hasta cuando la calle se convirtió en un lugar inseguro por el agresor que la ocupaba en ese momento. El rechazo a todo tipo de agresión que coarte o limite el derecho que las mujeres tenemos a vivir cualquier espacio público y privado como nos dé la gana y con quien queramos, en absoluta libertad y total seguridad, incluido el espacio festivo donde lo cotidiano se masifica, debiera de ser un compromiso activo de todas y todos, pues somos responsables directos/directas o indirectos/indirectas de lo que ocurre en nuestra sociedad y entorno. Porque las múltiples agresiones sexistas seguirán existiendo mientras se justifique una sola de dichas agresiones. Mientras haya una sola voz que amparando estas agresiones asuma que a la gente en fiestas no hay quien la controle. Y porque mientras haya alguien que piense o diga que en fiestas todo se desboca, mientras desde las instituciones no se actúe contundentemente para promover una sociedad equitativa y libre de agresiones, mientras desde los medios de comunicación se desenfoque una realidad demasiado cotidiana y enraizada, o mientras por boca de hombres y mujeres se amparen actuaciones heteropatriarcales y de constante conculcación de las libertades más básicas para las mujeres, el eslabón que coarta, limita y violenta la libertad de las mujeres en el caso que nos ocupa, los espacios festivos, seguirá existiendo. No olvidemos que la forma de relacionarnos mujeres y hombres se construye diariamente en todos los espacios que constituye la sociedad. Mediante la actitud civil para respetar la libertad de quien tienes en frente, reforzando o menguando la misma mediante mensajes subliminales recibidos tannto desde lo público como desde lo privado. Porque la forma de expresar tu sexualidad como quieras y decidas, sin ser agredida ni tener que agredir por ello es un acto consciente que rige nuestra vida diariamente. Y porque los espacios no son por sí seguros o inseguros, sino que los hacen de una manera u de otra quienes habitan en los mismos. Por ello ayer, hoy y mañana, estemos de fiesta o estemos trabajando, tenemos que tener claro que la libertad de elección hace tiempo que la agarramos, que «no significa no», que sabemos dónde y con quién queremos ir, qué y cómo deseamos hacer. Y que cualquier acto que vulnere dichos principios, serán agresiones que violen nuestro derecho básico a la libertad. Porque queremos vivir las fiestas y la cotidianeidad con alegría, libres para elegir, para movernos y para gozar, sin pagar peajes por ello. Libres para decidir con quién y cómo la queremos vivir, sin tener que justificarnos por ello. Libres de agresiones. Y libres para ser nosotras mismas.