30 JUL. 2014 Udate Centenario antibelicista GARA A pesar de que han transcurrido cien años, la fachada del “Café du croissant” que aparece en la fotografía que acompaña estas líneas es fácilmente reconocible para quienes pasean hoy día por el centro de París. Y es muy fácil toparse con este establecimiento porque se encuentra en una de las esquinas de la rue Montmartre y el rótulo principal no ha variado mucho: ahora se lee “La Taverne du Croissant”.No estamos proponiendo un recorrido turístico para pasar un rato de mera contemplación por la capital francesa, si no para despertar la curiosidad sobre la figura de quien ha quedado inmortalizado en una lápida junto a la puerta de la entrada: «Ici, le 31 juillet 1914, Jean Jaurès fut assassiné». Es el homenaje que la Liga de Derechos Humanos dejó grabado en ese lugar en 1925. En estos días en los que se suceden los actos institucionales en memoria de las víctimas de la Gran Guerra, la muerte de Jaurès –nacido en 1859– no debería pasar desapercibida. No es que su muerte fuera más injusta que la de los nueve millones de combatientes que, según redondean los anales históricos, fueron enviados a los mortíferos frentes de batalla que caracterizaron aquella contienda. La muerte de esos nueve millones de personas –a las que hay que sumar, o incluso multiplicar, otras tantas vidas rotas por las consecuencias directas de la guerra– fue lo que quiso evitar este socialista francés que no se cansó de instar a las organizaciones obreras a no caer en la trampa de quienes izaban banderas y cavaban trincheras con el objetivo de defender los intereses económicos de las élites industriales, comerciales y financieras. Su voz fue acallada a balazos apenas tres días después de que se iniciara oficialmente la Primera Guerra Mundial, después de una jornada en la que, precisamente, había dedicado sus esfuerzos a evitar que las declaraciones de guerra se plasmaran en el inicio de las hostilidades. Como recuerdan las crónicas, Jean Jaurès había acudido primero a la Cámara de Diputados (él fue elegido por primera vez en 1985, en una lista republicana, y volvería en 1893 integrando ya las filas socialistas), después pasó por la sede del Ministerio de Exteriores y, entrada la tarde, se sentó en su despacho de “L’Humanité”, el diario que había fundado y que dirigió hasta su último aliento, dispuesto a redactar un artículo que hiciera recapacitar a quienes estaban incitando a poner en marcha la maquinaria de guerra.Su muerte reflejó el fracaso del movimiento pacifista pero no restó ni un ápice de razón a sus ideas. Por mucho que desde entonces hasta el día de hoy no haya pasado ni una jornada sin que un conflicto bélico provoque la tragedia en este planeta, es muy difícil no compartir su visión de una sociedad más justa, más humanitaria, en la que se pueda conmemorar el fin de todas las guerras.