08 FEB. 2015 HEMEROTEKA Más cruel que Gengis Kan Robert Fisk THE INDEPENDENT, 2015/2/4 (...) Los jordanos habían demandado pruebas de que el teniente Muath Kasaesbeh estaba vivo. Y les dieron la evidencia de que lo estaba cuando fue conducido a su jaula de fuego. El ejército sirio pudo haber advertido al rey Abdalá lo que podía esperar: meses atrás, el ISIS prendió fuego a soldados sirios cautivos y luego asó sus cabezas en video. Y nadie dijo una palabra. (...) Esas decenas de miles de musulmanes sunitas jordanos que exigían la libertad del teniente Kasaesbeh saben ahora lo que sus correligionarios musulmanes en Siria e Irak tenían en mente para él. Pero ¿quién entre los árabes no cuestionará también el costo de apoyar la guerra estadunidense contra el «Estado Islámico»? (...) Los musulmanes podrían reflexionar en que entre los primeros versos del Corán hay una advertencia sobre el «doloroso castigo» que se infligirá a quienes sólo fingen creer, los monafaqin, que se mienten a sí mismos y no son «creyentes verdaderos». (...) Muchos musulmanes podrían ver en la terrible acción del «Estado Islámico» una pavorosa distorsión del mensaje de Dios. Porque es Dios quien debe infligir el castigo a los «simuladores». Dios será el juez en el Día del Juicio. No Abú Bakr Bagdadi ni los miembros del ISIS que filmaron la jaula y al pobre hombre retorciéndose en el tormento bajo el torrente de gasolina. Por supuesto, queda al mundo musulmán decidir sobre esta extraña interpretación, pero habrá montones de líderes despiadados -viene a la mente Bashar Assad de Siria, ahora que hemos concluido que sus enemigos son aún más horribles que él- que se beneficiarán de esta crueldad. Mucho antes de que el ISIS masacrara al ejército iraquí y a los chiítas de Irak, y pusiera en fuga a los pueblos cristianos y yazidíes, desmembraba los cuerpos de los partidarios del gobierno sirio y enviaba videos de su decapitación a sus familias antes de mostrarlos a un público que en su mayoría prefería mirar hacia otra parte. No es el «Estado Islámico» el que ha cambiado. Somos nosotros. (...) (Traducción: Jorge Anaya, para «La Jornada»)