Ainara LERTXUNDI

Voces infantiles por su derecho a la verdad

El Centro de Memoria Histórica de Colombia, una entidad estatal, ultima un informe sobre el impacto del conflicto en los niños. Una investigación en la que su voces están en primer plano y con la que pretenden sentar las bases para reconstruir el mapa de la guerra y el posconflicto desde una mirada infantil y adolescente.

L o más perturbador de la guerra, para la población que la sufre, es la desestructuración brusca de la vida cotidiana, por ausencia de casi todos los referentes habituales, y la inseguridad absoluta sobre el futuro. El trabajo, el hábitat, los amigos, la familia, incluso la integridad física y la vida se tornan, por la posibilidad de su pérdida, en frágiles e inciertos. Las creencias y costumbres son puestas en cuestión y la supervivencia es la máxima prioridad», afirman los siquiatras Vicente Ibáñez y Domingo Díaz del Peral.

Los menores, vistos a menudo solo desde una óptica paternalista, son quienes más interiorizan este impacto. Rescatar sus experiencias desde el respeto y la empatía es el objetivo de la investigación que está desarrollando el Centro Nacional de Memoria Histórica de Colombia (CMH) -entidad creada por la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras aprobada en 2011- en colaboración con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Corporación Opción Legal.

«Este estudio pretende esclarecer las violaciones de derechos humanos cometidas contra niños, niñas y adolescentes en el conflicto armado. Intentamos dar respuesta a cuestiones como qué pasa con los niños en contextos de conflicto; cuáles son las principales modalidades de victimización; cuáles son las afecciones e impactos diferenciales que ha ocasionado el conflicto armado», explica a GARA Paula Andrea Ila, coordinadora de Cooperación y Relaciones Internacionales del Centro Nacional de Memoria Histórica y directora de este proyecto.

«Es una investigación desde una perspectiva de memoria. Nosotros no somos una universidad, sino una entidad estatal que tiene que contribuir al deber de memoria del Estado y de reparación integral de las víctimas. No solo nos interesa el esclarecimiento histórico de los hechos, también queremos desarrollar procesos participativos en los que sean las víctimas quienes reconstruyan sus vivencias, las elaboren y narren lo que ha supuesto para sus proyectos de vida la comisión de graves violaciones de derechos humanos. Los procesos que hacemos deben dignificar a las víctimas y ese es un sello distintivo del tipo de investigación que hacemos en el Centro. Y no debemos olvidar que estamos haciendo memoria en medio del conflicto. Esa es la apuesta de Colombia, lo que conlleva ciertos riesgos, pero al mismo tiempo es visto como una manera de generar escenarios proclives a soluciones negociadas. Aunque algunos puedan pensar que ello contribuye a polarizar aún más el conflicto y a la sociedad, también ayuda a generar conciencia sobre la magnitud del problema y a decir basta», subraya.

Esta investigación se centra en cuatro territorios: el Urabá Antioqueño, Antioquia, Meta y Cauca. «Optamos por darle este enfoque territorial porque cada territorio tiene unas dinámicas particulares; los actores armados y los mecanismos de violencia que utilizan no son los mismos. Hemos tratado de analizar estas manifestaciones de violencia según la diversidad territorial», añade.

En concreto, «en el norte del Cauca hemos trabajado con una comunidad indígena; en los municipios de Vista Hermosa y Puerto Rico de Meta, con campesinos; en San Carlos, Antioquia, con comunidades que han retornado a sus tierras tras ser desplazadas para entender lo que ha supuesto ese regreso para los niños, que muchas veces se han visto obligados a socializarse en ciudades distintas a las que nacieron y ahora se enfrentan a un nuevo desplazamiento, más en aquellos casos en los que el desarraigo se produjo a una edad temprana. También hemos visitado los municipios de Apartadó y Necoclí en el Urabá Antioqueño, una zona fundamental para entender el conflicto y la guerra desde un punto de vista geoestratégico».

«Siempre se han considerado como `daños colaterales' a los niños cuando éstos son víctimas de violaciones o infracciones al derecho internacional humanitario en el marco del conflicto armado. Pero, en muchas ocasiones y en relación con algunas modalidades concretas de victimización, la comisión de estos crímenes no es accidental sino que responde a una estrategia intencional de los grupos armados. Eso es precisamente lo que estamos tratando de esclarecer», precisa.

Para ello, un equipo multidisciplinar del Centro ha viajado a los territorios objeto de estudio. Uno de los desafíos ha sido cómo garantizar la seguridad de las personas participantes en los talleres, para lo cual ha sido necesario tejer una red de alianzas con docentes, organizaciones no gubernamentales, líderes u organizaciones locales y los propios padres.

«Cada territorio elabora su ruta acorde a sus necesidades y a cómo perciben ellos los riesgos. En el caso de la comunidad indígena, contamos con la implicación de tres investigadores indígenas de la misma comunidad. Nosotros no llegamos de Bogotá como si fuéramos paracaidistas», remarca.

«Desde el Centro, hicimos una apuesta por no ir a preguntar directamente a los niños por el conflicto, sino que optamos por conocer primero sus vidas y cómo perciben su territorio, su familia, su comunidad, su escuela y cuáles son sus expectativas de futuro. Entrar por el lado de las emociones nos ha permitido generar espacios de confianza y de diálogo y que nos hayan abierto su mundo. No es fácil llegar a un territorio y que de buenas a primeras te hagan partícipes de historias muy dolorosas, que por lo general mantienen ocultas en su interior. Los investigadores hemos tenido que bajarnos de nuestro rol y ponernos a jugar con ellos, a cantar y a no estar tan preocupados por la información que les vamos a sacar. Uno no es el investigador que va, hace la entrevista y regresa a su casa sin más», insiste.

En esta investigación, cuyas conclusiones se darán a conocer en marzo, los niños «no son unas pobrecitas víctimas, sino sujetos con los que dialogamos. A través de ese proceso de acercamiento desde la empatía y nunca desde el paternalismo, hemos generado vínculos gracias a los cuales nos han relatado situaciones complejas como la muerte de sus abuelos, padres o hechos de violencia sexual. Aunque a simple vista parece que no han vivido situaciones traumáticas, cuando les pides que dibujen su casa, su territorio y demás, empiezas a encontrar esas historias de dolor», señala Ila.

Esos dibujos suelen reflejar lo que no son capaces de expresar con palabras. «En uno de los territorios en los que hemos trabajado, los actores armados siguen presentes y los niños los tienen naturalizados; el guerrillero es parte del paisaje, por lo que en sus dibujos se aprecia más vivamente el conflicto; aparecen personas armadas ejecutando a otras, personas muertas con rastros de sangre... En otros territorios, el conflicto no es tan visible, pero sabemos que hay dinámicas que perviven. En aquellas zonas en las que en décadas pasadas se han vivido fuertes periodos de violencia y que hoy están más consolidadas, los dibujos no aluden tan directamente a los actores armados, a los hechos de violencia o a la guerra en sí. Y, veces, más que el dibujo es más significativa la conversación que mantienes con ellos mientras lo dibujan», explica Ila.

La investigadora del CMH destaca el esfuerzo de los maestros por convertir el ámbito escolar en «un espacio protector, donde los niños se juntan con otros niños, donde juegan y donde hay un adulto más allá de la familia que, con sus limitaciones, está pendiente de ellos, dispuesto a escucharles. Las escuelas rurales y los internados han sido además modalidades de contención y protección frente al reclutamiento ilícito por parte de los actores armados».

Toda esta metodología, añade, ha contribuido a generar un ambiente de mayor seguridad. «Recuerdo que estando en uno de los territorios, vino una persona que nosotros sabíamos que pertenecía a un grupo armado. Nos preguntó qué estábamos haciendo, que ellos también querían participar. Cuando le mostramos la lógica del taller, y se dio cuenta de que estábamos preguntando por las emociones de los niños, se fue».

Orfandad, depresión, pesadillas, inseguridad, cambio de roles en la familia -«los niños empezaron a trabajar o tuvieron que asumir el papel de su progenitora cuando ella, habitualmente al cargo de los hijos, tuvo que ponerse a trabajar»-, deserción escolar, limitaciones de la movilidad, no pudiendo salir a ciertas horas o ir a determinados barrios, y la creación de líneas invisibles dentro del propio territorio son algunas de las afecciones que han detectado, por ejemplo, en el Urabá Antioqueño, «una región muy difícil por los miedos que todavía persisten y por la presencia de grupos armados, aunque el conflicto es algo más difuso, las masacres no son tan visibles y el reclutamiento forzado ha cambiado; ya no van en un camión y se llevan a los menores de las escuelas, ahora se recurre más a estrategias de persuasión», explica Linda Lorena Sánchez, que coordina el equipo del Urabá Antioqueño, una zona conocida como «la mejor esquina de Sudamérica por su ubicación geoestratégica y su riqueza en recursos naturales. En la década de los 90 hubo una importante presencia de grupos armados, por lo que a diferencia de otros territorios, en éste, además de con menores, hemos trabajado con adultos de edades mayoritariamente entre los 22 y 33 años pero que fueron víctimas de la violencia cuando eran niños».

Todo ello ha generado movimientos migratorios y un negativo impacto en el tejido social. «A no ser de que les toque de cerca la muerte de un familiar o un vecino, los niños te hablan con normalidad de la existencia de grupos armados, de asesinatos. Nunca han recibido una atención sicosocial ni la propia dinámica del conflicto les ha permitido elaborar ese duelo todavía pendiente, porque simplemente no había tiempo para llorar ni para la tristeza», resume Sánchez.

Sobre el trabajo con los niños, Ila comenta que «hay tendencia a pensar que es mejor no contarles lo que está pasando, en contraste con lo que los propios niños nos piden, es decir, que alguien les diga lo que ocurre, porque sus papás, por la propia situación que deben afrontar, se sienten desbordados y no encuentran la manera de explicarles, por ejemplo, la desaparición forzada de un familiar. Aunque hemos detectado casos de niños con una profunda tristeza y sentimientos de venganza, vemos que si se les facilitan espacios para elaborar lo que han vivido tienen una gran capacidad de resiliencia y de entender lo que sucede porque lo ven en los rostros preocupados de sus madres, en las angustias y luchas cotidianas. Los niños están reclamando su derecho a la verdad. Son agentes de participación y de cambio y debemos prestarles atención. Son impresionantes sus definiciones sobre Justicia, memoria, paz», enfatiza.