
Los medios de comunicación aman los debates. Se juegan grandes ratings de audiencia, una expansión viral de sus contenidos. Los expertos los extrujan en busca de fallos y debilidades a explotar políticamente. Los votantes estadounidenses los siguen por millones, pero ¿puede un debate por sí solo marcar la diferencia y determinar la elección? Eso no puede afirmarse tajantemente. Por regla general, los favoritos pierden los debates porque, entre otras cuestiones, a sus rivales les basta con aguantarles en el estrado de tú a tú. Cierto es también que, aunque del debate de ayer no iba a salir el nominado, debates como los de ayer sí pueden «matar» rápidamente a un candidato.
Hillary Clinton se presentaba al debate como una favorita herida, muy lejos de sus mejores prestaciones, con el escándalo del uso de su email personal en el ejercicio de sus funciones como Secretaria de Estado que la había desgastado durante los últimos meses. Y aunque Sanders se presentaba como su más cercano oponente, en realidad, su mayor enemigo había sido ella misma. Era la que más se jugaba, la cabeza de serie del stablishment demócrata, en teoría, la contrincante más peligrosa para los republicanos. Decidió arriesgar, romper ese círculo vicioso, marcar sus puntos fuertes, pasar a la ofensiva y fue la que más ganó.
El senador de 74 años de Vermont hizo historia a su manera. Nunca ningún autoproclamado socialista había causado tan buena impresión en la carrera presidencial. Reforzó su imagen de una figura política auténtica, que no tiene miedo a tomar posiciones más allá de lo políticamente correcto o de lo percibido como mainstream. Se manejo muy a gusto en su tema estrella: el llamamiento a una «revolución política», a la lucha contra la desigualdad social y el desafío que esta presenta contra la democracia. Tras proponer el modelo social de Dinamarca como referencia, atacó el capitalismo de casino y la codicia de Wall Street. Y en el momento más álgido y recordado del debate, echó un capote inesperado a Hillary Clinton al afirmar que «el pueblo americano está asqueado y cansado de escuchar hablar sobre tus malditos emails. ¡Basta ya de emails! Hablemos de los temas a los que se enfrenta el país».
Clinton, de 67 años, sigue siendo la favorita para ganar la nominación demócrata, en gran parte por su fuerte apoyo entre las mujeres, los latinos y los afroamericanos, que constituyen la mayor parte de la base del Partido Demócrata. Además, ha aprendido la lección de 2008 cuando contra pronóstico Obama la barrió. Ahora de nada le sirve centrarse en preparar la campaña electoral que se desarrollará dentro de trece meses y en acentuar un perfil moderado. Su prioridad pasa por centrarse y luchar a tope en las primarias, dar relieve a otros perfiles y evitar que se configure un «fenómeno Sanders» a imagen y semejanza del que aupó a Obama.
Por ello, en los últimos meses ha acentuado su perfil progresista oponiéndose al TPP (Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica), al oleoducto Keystone XL o proponiendo regulaciones más estrictas para Wall Street. Es consciente de que su contrincante Sanders basa su discurso en el factor de clase social. Por contra, consciente de que Sanders no es fuerte en el factor racial, que siempre ha creído que una genuina igualdad social traería consigo la igualdad racial, y que ha votado varias ocasiones en contra del control de armas, ha encontrado ahí flancos de ataque que no desaprovechará.
Frente a ello, Sanders necesita algo más que la movilización; necesita crear un movimiento, articular una vibrante coalición electoral, más plural que la tradicional clase obrera y media blanca (%95 de la población de Vermont). Puede ganar en New Hampshire y en Iowa (ambos de mayoría blanca), pero cuando lleguen las primarias a Carolina del Sur, primer estado donde el voto de los afroamericanos será determinante, necesitará pescar en caladeros en los que no tiene aún entrada.
Las encuestas dicen que solo un 8% va a votarle, que es muchísimo más desconocido que Hillary Clinton, y que aunque el debate le dio la oportunidad de dirigirse al gran público, aún tiene mucho trabajo por hacer. Quizá por ello ha fichado como su director de campaña al talentoso joven afroamericano Symone Sanders, conocido activista en contra de la encarcelación en masa y por la justicia racial.
La sombra de una posible incorporación a la carrera de Joe Biden se hizo muy presente en el show de la Vegas. Su reticencia a desvelar el misterio le está pasando factura al popular vicepresidente. Cierto es que la trágica muerte de su hijo hace comprensible ese retraso. Pero la idea de que pudiera sumarse a la carrera sin pasar por el examen de los debates es a ojos de muchos algo muy injusto.
Y mientras mantiene su decisión en stand-by, se arriesga a que sea percibido más que como un estadista, como un simple oportunista.

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