Alberto PRADILLA

De Gaza hasta Melilla

Cerca de 300 palestinos se incluyen en los más de 10.000 refugiados que han llegado a Melilla desde finales de 2013. La mayoría son originarios de los campos sirios, pero una minoría procede de Gaza. Dejaron la Franja hace dos años y ya no pueden volver.

Munzer abandonó Gaza a través del paso de Rafah, ahora mismo cerrado a cal y canto por Egipto, a principios de 2013. Se marchó justo después de que Israel lanzase la operación de castigo «Margen Protector», en la que mató a decenas de palestinos durante ocho días de bombardeos. En realidad, su salida de la Franja no tenía que ver con el conflicto ni con las consecuencias de la enésima agresión israelí, sino con una beca para estudiar un master en Derecho que había obtenido en una universidad marroquí. Su problema es que, pese a que apenas han transcurrido dos años desde su salida de Gaza, las condiciones han cambiado por completo. Por eso dice que no puede volver. Se ha sumado al flujo de refugiados que pide protección en Melilla. Según datos de la Delegación del Gobierno español en la ciudad autónoma, en el último año ha llegado al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) un centenar de palestinos. En tres años, 300. La mayoría procede de Yarmouk, el campo de refugiados cercano a Damasco y ahora arrasado por los combates. Al menos una docena llega desde Gaza, territorio bloqueado por Israel desde hace nueve años en los que Tel Aviv ha perpetrado tres agresiones militares.

«Todo en Gaza es un problema», lamenta Munzer, que comienza a hacer una lista con gesto preocupado. En primer lugar, Hamas, a quien asegura no apoyar. «No te dejan hablar», manifiesta. En segundo, el bloqueo, que Israel lo justifica por la toma del poder de la Resistencia Islámica en 2007, obviando que fue primero Al Fatah quien trató de dar un golpe militar tras la victoria de los islamistas en las elecciones de 2006. En tercero, y para complicar más la situación, el Gobierno egipcio. Desde el golpe de Estado del general Abdul Fatah al Sissi en 2013, blanqueado luego por unas elecciones sin casi oposición, los palestinos son «personas non gratas» en el país árabe más poblado. «Sissi cree que Hamas es un problema para Egipto. Sin embargo, ¿qué pasa con la población de Gaza? Somos nosotros los que pagamos el precio», dice el joven, que ya ha tomado la decisión de lanzarse hacia Europa.

Estado Islámico y Rafah cerrado

«No puedo volver. Rafah está permanentemente cerrado y la situación en el Sinaí es muy dura», argumenta Munzer. Lo cierto es que desde hace dos años, la zona fronteriza con Gaza es escenario de duros enfrentamientos entre yihadistas afiliados al Estado Islámico y el Ejército egipcio. Siempre ha sido territorio complicado, pero en la actualidad se registran constantes escaramuzas. Además, tras el año de desahogo que supuso el breve mandato de Mohamed Mursi en 2012, el derrocamiento de los Hermanos Musulmanes ha provocado que la Franja esté más aislada que nunca. La mayoría de los túneles que conectaban con territorio egipcio han sido derruidos o inundados y el único paso que no controla Israel, el de Rafah, pasa cerrado casi todo el tiempo.

Al margen de que llegó a Marruecos por estudios y no siguiendo esa larga ruta desde Líbano, la travesía de Munzer a Melilla no tiene diferencias respecto a los más de 6.000 refugiados que han pasado por el CETI este año. Pagó 1.000 euros, una de las tarifas más altas, a uno de los traficantes que ayudan a cruzar la frontera de Beni Enzar. Luego se registró en el centro. Y ahora espera su turno para tomar el ferry que le lleve a Málaga. ¿Su próximo destino? No lo tiene claro. Aunque su amigo, que prefiere no dar el nombre y que es originario de Jan Yunis, también en Gaza, le recuerda que él tiene familiares en Bélgica, así que Bruselas puede ser una opción. Por ahora, toca esperar. «Claro que me gustaría regresar a la Franja, pero por ahora es algo que no contemplo», dice.

Al contrario que estos dos jóvenes, la mayoría de la comunidad palestina en Gaza ostenta el difícil título de ser doblemente refugiado. Lo eran en Siria y lo son ahora, por más razón, tras el estallido de la guerra en el país árabe. Es el caso de dos hermanos, Mohamed y Mariam, que nacieron en Yarmouk, junto a Damasco. Sus familias son oriundas de una aldea que existió junto al lago Tiberiades, en el actual Estado hebreo, pero que fue destruida durante la Nakba, en 1948. Cuando el conflicto irrumpió en el campo, ambos hicieron las maletas y terminaron en la ciudad autónoma, pagando 700 euros por cabeza a uno de esos indeseables que se aprovecha de la necesidad ajena. El caso de los palestinos aporta matices a un éxodo masivo que no parece que vaya a terminar.