
Sus diatribas, plagadas de odio y sazonadas con medias-verdades tienen predicamento en una era, la actual, caracterizada por la convulsión y por la falta de alternativas. Pero no es esa la única razón del éxito de sus proclamas, sino la incapacidad de oponerles un discurso que se salga del tópico buenista al uso.
Un ejemplo. La ultraderecha –y la derecha española, que a esos efectos viene a ser lo mismo– alertó de la llegada de «miles de yihadistas» entre la avalancha de refugiados. Se les respondió negando la mayor, acusándoles de demagogos y, por tanto, fiándolo todo a que no ocurriera lo que cualquiera con sentido común sabía que tarde o temprano iba a ocurrir: que dos de los autores de los ataques del 13-N llegaron a Europa cruzando el Mediterráneo.
Poco importa que la inmensa mayoría de los atacantes fueran franceses de nacimiento. Para las Le Pen no lo son, porque han decretado ya que francés y musulmán son antónimos.
No es fácil oponer razón a la sinrazón. Pero convendría, siquiera, no darles aún más bazas.

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