
Tras la remarcable y, por lo cerrados que fueron los resultados, dramática noche electoral de Iowa, la misma que sirvió para censurar a Donald Trump y a los institutos de opinión que, especialmente en relación a los votos de los republicanos no acertaron en nada, el escenario que se abre es apasionante.
En primer lugar porque nadie imaginaba algo parecido hace meses, ni siquiera hace días, y también porque ha demostrado que Bernie Sanders puede ganar y que Hillary Clinton puede ser batida; que el representante del ala religiosa de los republicanos Ted Cruz ha ganado en un territorio dominado por los evangelistas y que Donald Trump ha perdido, por ahora, y que no hay que subestimarlo. Y que emerge también con fuerza el telegénico y elocuente candidato de origen cubano Marco Rubio, que se postula como un serio rival que goza, además, del apoyo del aparato republicano.
Ted Cruz comenzó su discurso de la victoria diciendo que la «gloria era de Dios» y que sus resultados eran «un testamento de los valores judeocristianos que construyeron esta gran nación». A continuación añadió que los resultados mostraban que el nominado no iba a ser «elegido por los grandes medios, ni por el establishment de Washington ni por los lobistas».
Trump, que lidera las encuestas de New Hampshire (un estado que a menudo enmienda los resultados de Iowa) con 20 puntos de ventaja sobre Cruz, dará todavía mucha guerra, pero tiene motivo para estar preocupado con una eventual pinza de los dos jóvenes senadores de origen cubano.
El legislador de Florida, Marco Rubio, que consolida un tercer puesto a poco más de un punto porcentual del segundo –Donald Trump–, puede soñar con dar forma a unas primarias entre los republicanos que se conviertan en un «tête à tête» entre los dos candidatos de origen cubano que buscan convertirse en el primer presidente latino de EEUU. Menos detestado que Cruz por el aparato del partido y moderado en comparación a este o a Trump (también lo serían Reagan o George W. Bush), lo cierto es que este antiabortista y halcón proguerra fue el elegido por el Tea Party como acompañante de Mitt Romney en la carrera de hace cuatro años.
En el bando contrario, el «ala de los menores de 40 años» del Partido Demócrata ha basculado masivamente del lado de un Bernie Sanders que promueve una nueva versión norteamericana del «primero, la gente» y que puede suponer –de hecho, ya lo supone– un serio problema para Hillary Clinton.
Los seguidores del «viejo rockero», que hace nueve meses no tenía ni organización política, ni dinero, ni reconocimiento y que se enfrentaba a la poderosa maquinaria demócrata que ha apostado por la ex secretaria de Estado, mostraban más entusiasmo que los seguidores de esta, quienes aparecían extremadamente ansiosos.
Clinton ganó por los pelos, empatando técnicamente. En efecto, tiene reconocimiento y marca, dinero, un marido expresidente y la experiencia de la carrera de 2008, pero el ganador entre los demócratas puede considerarse un candidato que se ha presentado con el mensaje más radical que se recuerda en la carrera presidencial de EEUU y que a base de repetirlo regularmente y sin cesar se está convirtiendo en algo familiar para los estadounidenses.
Ahora, la carrera si dirige hacia la zona conocida como Nueva Inglaterra, un territorio más secular y progresista donde Sanders (senador por Vermont, un estado colindante con New Hampshire) es muy popular. Luego vendrán Carolina del Sur y Nevada. Es cierto que todavía tiene que saltar las mismas vallas que antes de Iowa. Debe persuadir a los votantes de las minorías, una gran porción del electorado demócrata a nivel federal, para que lo apoyen en detrimento de Hillary Clinton. Una gran e incontestable victoria en Iowa le hubiera catapultado en esa tarea. Si un empate técnico lo hará o no, será una cuestión a dilucidar en los próximos días y semanas.
Pero con todo, desde el inicio de la carrera presidencial, lo que han conseguido Bernie Sanders y los activistas de la campaña “Feel the Bern” es algo grande, remarcable. Han renovado los actos de masas, han abarrotado espacios reservados para estrellas del rock o del deporte, han desmentido la idea que dice que la gente joven no se preocupa por la política y han demostrado que las campañas no solo pueden ser financiadas por los multimillonarios, así como también la falsedad histórica de que «nunca jamás» ningún candidato «socialista» podía ser un contendiente serio para ser nominado por algunos de los grandes partidos.
Así pues, este proceso presidencial da relieve a un realineamiento que viene de hace años. La polarización a izquierda y derecha se agudiza, las elecciones se hacen cada vez más volátiles y los discursos, más estridentes cuando no tóxicos. En este contexto, Sanders representa una revolución política. Nadie sabe cómo terminará. Pero en Iowa algo bueno ha empezado, para Sanders, y para todos también.
Adiós a las viejas verdades, bienvenidos a la indefinición
Si alguien hubiera dicho hace unos años que un socialista dejaría de ser un invitado quijotesco para convertirse en serio favorito a la nominación demócrata o que un personaje como Trump podría ser presidente de EEUU, muy pocos lo creerían. Pero la realidad es que lo que se está viendo en la carrera presidencial presenta novedades hasta ahora desconocidas. Clinton se presenta como más experimentada, es admirada y muy fuerte en política exterior. Pero no genera la pasión y el entusiasmo que Sanders, particularmente entre los jóvenes, es capaz de alimentar. El aparato, el apellido, la cuenta corriente han dejado de ser determinantes. Y un afán de revolución, un discurso directo, y una campaña de base vibrante han demostrado ser capaces de llevarse por delante todas las viejas certezas que los politólogos daban por inamovibles. También en EEUU, la política es una aventura sin hoja de ruta ni pronósticos escritos.M.Z.

La Audiencia Nacional ordena el ingreso en prisión de Arantza Zulueta y Jon Enparantza

La adicción a la pregabalina no para de crecer en los márgenes

Expectación tras hallarse un planeta similar en tamaño y órbita a la Tierra

Dos años de prisión para el jefe de operaciones de la Ertzaintza en Durango por corrupción


