
Las dos legislaturas de Obama han elevado al límite la ira del electorado republicano, lo que explica que el ultraevangélico Ted Cruz y el histriónico Donald Trump, por este orden, hayan sumado más del 50% de votos.
No es ninguna sorpresa ni la victoria del primero en un estado en el que el 60% de la población profesa esa versión sectaria y puritana del cristianismo ni la derrota por 3 puntos de un Trump «moderado» en cuestiones morales y religiosas y que se ha dedicado a enarbolar una suerte de fe del converso estos días.
Pero así como los 8 años en el poder del primer presidente negro han enervado a las bases ultras, a la vez han dejado un poso de insatisfacción entre el electorado joven y progresista que fue clave en su triunfo. El mismo que ha cimentado el empate técnico entre Hillary Clinton y el socialista Bernie Sanders, quien ha demostrado que es algo más que un soñador sin posibilidades, como fue en 2004 un Howard Dean que electrizó al electorado contra Bush pero perdió a las primeras de cambio (precisamente en Iowa) frente a Kerry.
Clinton, igualmente representante del establishment demócrata, puede darse por satisfecha (fue tercera en 2008 tras Obama y Edwards) y encara con margen el difícil reto de New Hampshire (Sanders es favorito) y optimismo las primarias de Carolina del Sur y del supermartes. Pero su enemigo, más que Sanders, es ella misma, su escasa capacidad de convicción progresista y el inoportuno escándalo del uso de su correo electrónico privado en sus comunicaciones como jefa de la diplomacia. Sin olvidar el hartazgo del electorado con las viejas y grandes dinastías políticas.
Y si no que se lo digan a Jeb Bush, a punto de abandonar la carrera para dejar las expectativas del establishment del Old Party en manos de un joven valor como Marco Rubio, el vencedor (precisamente por no perder) en Iowa.

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