Alberto PRADILLA

Tensión, arrestos y ni rastro de los ultras en Bruselas

La ultraderecha había convocado un acto islamófobo en Molenbeek y, finalmente, fueron los vecinos del barrio y los activistas de izquierda concentrados en la Bourse los que terminaron padeciendo a la policía. Decenas de personas fueron arrestadas y la tensión se extendió por la Bruselas post-ataques del 22 de marzo.

«Lo siento, no hay suceso que contar». Un joven junto a la parada de metro de Comte de Flandre, al lado de la plaza comunitaria de Molenbeek, trataba de restar importancia al gran despliegue policial en el barrio. A su alrededor, decenas de chavales, muchos de ellos menores, se habían concentrado ante la posibilidad de que miembros de la ultraderecha asomasen.

No se les vio aparecer, aunque medios belgas mencionaron el arresto de cuatro de ellos. A falta de militantes xenófobos, los uniformados terminaron cargando contra los residentes. Horas antes, decenas de personas habían sido arrestadas junto a La Bourse, en el lugar donde se homenajea a las víctimas del 22 de marzo. Los ultraderechistas convocaron su manifestación islamófoba, eludieron hacer acto de presencia y, al final, fueron los vecinos de Molenbeek y los activistas de izquierdas los que se las vieron con los agentes.

«El acto era una provocación. Hay que prevenir la radicalización de los jóvenes y existe la libertad de expresión pero no se puede venir a Molenbeek a provocar». Françoise Schepmans, burgomaestre del barrio, se había presentado en la plaza ubicada frente a sus oficinas como gesto de autoridad. Eran las 15.00 y una zona que suele ser bulliciosa se encontraba completamente vacía. Solo periodistas, mucha policía y algunos vecinos, que aprovecharon que la responsable política respondía a la prensa para echarle en cara el abandono de la zona.

Con 90.000 habitantes, índices de paro que superan el 40% y una amplísima comunidad musulmana, Molenbeek es uno de los barrios de Bruselas con el estigma de «vivero del yihadismo». Lo que sus vecinos no tenían pensado permitir era que, además, los ultras de «Generation Identitaire (Generación Identitaria)» marchasen por sus calles contra el islam. «Si aparecen los nazis, les acogeremos. Hay buen cus-cus, pueden quedarse a comer», ironizaba Mohammed, uno de los pocos chavales que se avenía a hablar con la prensa. Era evidente que, tras largas jornadas de foco mediático, ni las cámaras ni los agentes eran bienvenidos.

Finalmente, la calma tensa se rompió cuando decenas de personas trataron de caminar hacia La Bourse, plaza ubicada relativamente cerca y convertida en mausoleo por las víctimas de los atentados yihadistas. Un enorme cordón policial impedía el paso. Muchos chavales, con mezcla de curiosidad y hastío, llevaban horas apalancados junto al metro y habían decidido avanzar. La Policía se limitaba a recordar que no estaban permitidas las marchas ultras. Es evidente que los jóvenes, de origen marroquí la mayoría de ellos, no forman parte de ningún partido xenófobo. Daba igual. Al final eran ellos los que quedaban rodeados en su propio barrio y con la sensación de ser tratados como delincuentes pese a que eran otros los que habían convocado el acto prohibido. Una certeza que, con la Policía delante, se convierte también en ganas de confrontar.

Doble rasero policial

Existe una gran diferencia entre barrios en Bruselas. Y la distancia, que obedece a la clase social, se extiende también a la actuación de los uniformados. Dos horas antes de la frustrada marcha ultraderechista (que, por otro lado, se había desconvocado dos días antes), la izquierda sí que trataba de manifestarse contra el racismo y la islamofobia en La Bourse. El acto también estaba prohibido. Así que los agentes se dedicaron a detener de forma aleatoria a las personas que se encontraban en la céntrica plaza.

«Hace una semana la Policía permitió que los ultras marchasen hasta esta plaza sin problemas. De hecho, fueron ellos los que les escoltaron. Ahora, en cambio, nos detienen». Violette Fertinelle, una joven activista, denunciaba el doble rasero.

Siete días antes, cerca de medio millar de hooligans del Anderletch y el Brujas habían reventado el acto de recuerdo a las víctimas. Ayer, con el argumento de que nadie podía manifestarse, los agentes trataban de evitar que los que pretendían concentrarse contra el racismo se agrupasen. En principio, la idea era reunirse en La Bourse y caminar hacia Molenbeek. Para las 13.00 era evidente que no habría opción. No obstante y pese a los insistentes arrestos, la plaza nunca llegó a vaciarse.

«No pueden poner en el mismo saco a la extrema derecha y a los ciudadanos que salimos a la calle». Alexis Deswaef, presidente de la Liga de los Derechos Humanos, protestaba cuando un agente le pedía la documentación. Apenas terminó de pronunciar estas palabras cuando dos uniformados se lo llevaban en volandas, uno por cada brazo. Fue el primero de una larga lista. Desplegados en todas las entradas de la plaza, los policías se llevaban de uno en uno a algunos de los asistentes. Lo que no quedaba clara era la lógica al arrestar. Por qué uno sí y otro no. «Razones de seguridad», era la única explicación esgrimida entre gritos contra el control policial y el racismo.

Al final, decenas de personas fueron detenidas. Entre ellos, cinco activistas procedentes del Estado español, miembros de la asamblea del 15M en Bruselas. Se encontraban en las escaleras de La Bourse, cantando consignas antirracistas, cuando un grupo de policías les rodeó y, casi como en una melée, les introdujo en un autobús para arrestados. «Al prohibir todas las manifestaciones, están equiparando un acto fascista con otro por la paz y la convivencia», denunciaba Fertinelle.

Hoy están previstos más actos en la céntrica plaza pero no parece que la prohibición se vaya a extender. Sin embargo, las detenciones de La Bourse, la tensión y las carreras en Molenbeek o el incremento del discurso racista son solo síntomas de algo más profundo que se ha removido en la sociedad bruselense desde los atentados yihadistas. Y que siempre se puede reproducir.