
La enmienda al pujolismo y al juego de «la puta y la ramoneta» que durante décadas marcó el devenir de Catalunya –similar al papel asumido en la actualidad por el PNV de Iñigo Urkullu–, fue antológica en el discurso que el president de la Generalitat, Carles Puigdemont, ofreció ayer en Madrid, en el transcurso del cual ofreció por última vez a Madrid negociar los términos de un referéndum sobre la independencia.
Tras traer a colación la sentencia de 2010 del Tribunal Constitucional contra el Estatut aprobado en el Parlament, en el Congreso y en referéndum, Puigdemont aseguró que tras aquello decidieron «algo nuevo», algo para lo que, «al parecer, la política española no estaba preparada ni estaba esperando».
Concretamente, Puigdemont sentenció de forma contundente: «Decidimos dejar de lamentarnos, de negociar compensaciones en aquel mercadeo que tanto nos ha perjudicado para sacar algo de lo perdido, y decidimos decidir. Tomamos conciencia de que verdaderamente nunca habíamos pintado nada, sólo habíamos sido un espejismo de utilidad que, en la práctica, siempre favorecía a los mismos y jamás, como se ve dolorosamente hoy, jamás sirvió para acabar con las ineficiencias, el cruce de intereses y el fundamento para la corrupción. En Catalunya y en España».
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