Iñaki IRIONDO

PP y UP maltratan a sus sucursales vascas

La generosidad del PP con Ciudadanos y el veto de Podemos a Equo son decisiones contrarias a la lógica política de la CAV.

Pocas veces como este viernes se ha evidenciado la capacidad que el centralismo madrileño de algunos partidos tiene para dañar a sus sucursales (no se les puede llamar de otra forma). Al PP le importó poco sacrificar a Alfonso Alonso, y de paso a buena parte de los dirigentes reconocidos de su partido en la CAV, para imponer la coalición con Ciudadanos que nada tiene que ver con la realidad política vasca. Unidas Podemos, por su parte, vetó la reedición de la coalición con Equo, que se daba por hecha como continuidad de Elkarrekin Podemos. Lo llamativo es que las protestas locales hayan surgido en el jerárquico partido de la derecha y no en la «asamblearia» formación morada. ¡Qué estruendoso el silencio de los líderes de Podemos Euskadi y Ezker Anitza-IU ante el veto a sus hasta ahora socios, que lo siguen siendo en instituciones como el Ayuntamiento de Gasteiz!

Resulta poco entendible lo hecho por la dirección de Pablo Casado en la coalición con un partido casi inexistente y menguante en la CAV. Los términos del acuerdo, no solo son insultantes para Alfonso Alonso –al igual que todo este proceso– sino que al prometer dos puestos de salida a gente a la que nadie conoce en la política vasca, lo que hace es quitar de esos escaños –cada vez más escasos– a militantes del PP que se mantuvieron en su puesto cuando se estaban jugando literalmente la vida.

Definir la coalición PP+Cs (cuyas siglas incomprensiblemente se igualan en tamaño en el logo) como «un proyecto de futuro que abanderará los valores de una inmensa mayoría de españoles frente al nacionalismo y el radicalismo de la izquierda extrema», muestra una distancia galáctica entre quien es capaz de redactar ese párrafo y la realidad vasca. En la CAV –les guste o no a los españoles que no viven en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa– la mayoría es lo que llaman «nacionalista» (vasca), y el eje social se inclina hacia eso que definen como «radicalismo de la izquierda extrema».

En todo caso, no puede decirse que Pablo Casado no haya ido avisando de sus intenciones. Y lo hizo además, donde debía hacerlo, en la convención que el PP Vasco montó en setiembre en Gasteiz para tratar de «marcar perfil» y así intentar darle la vuelta a los desastrosos resultados electorales en municipales, forales y a Cortes. El presidente aclaró al PP Vasco que no es «el PP del País Vasco», sino «el PP en el País Vasco». Fijó que «yo también soy del PP Vasco», que «siempre ha tenido personalidad» y añadió que «necesitamos que tenga esa personalidad, que es la misma que la del PP de toda España».

Hubo medios que interpretaron el discurso de Pablo Casado como un apoyo a las tesis de Alfonso Alonso y los suyos. A otros nos pareció que estaba claro que le estaba fijando unos límites tan estrechos como altos.

La confirmación llegó cuando Pablo Casado volvió a marcar su «perfil propio» al designar las candidaturas a las elecciones a Cortes del 10 de noviembre. Mantuvo en Bizkaia a Bea Fanjul, volvió a apostar en Gipuzkoa por Iñigo Arcauz, a pesar de la oposición de la dirección provincial del partido y el afloramiento de sus dudosos negocios, e impuso en Araba a Marimar Blanco, cuando las miradas locales estaban en Javier de Andrés.

Ahora, todo lo relacionado primero con la candidatura de Alfonso Alonso y ahora con la concreción de la coalición con Ciudadanos, ha sido una muestra de desprecio abierto al líder del PP Vasco y a quienes le apoyan. Una provocación para que se marche, sin que se atisbe a nadie que pueda sustituirle.

Es un suicidio inducido en pleno debate hipócrita sobre la eutanasia.

La gravedad de lo ocurrido en el PP no puede hacer olvidar que las venganzas cortesanas madrileñas hayan vetado la presencia de Equo en Elkarrekin Podemos. Si bien es cierto que en las pasadas elecciones a Cortes Equo apoyó a la candidatura de Más España liderada por Íñigo Errejón, no lo es menos que en la CAV Equo Berdeak se sitúo al margen de la disputa, mientras mantenía su colaboración tanto en el Parlamento como en instituciones forales y locales. Volver a escenificar una purga y dejar fuera del futuro grupo a Jose Ramón Becerra, uno de sus parlamentarios más activos y sólidos, no parece una buena inversión de futuro.

El pasado 11 de febrero, el secretario general de Podemos Euskadi, Lander Martínez, acompañado de su candidata a lehendakari en las primarias, Rosa Martínez, y del representante de Ezker Anitza Jon Hernández, dieron por hecha la reedición de la coalición a tres, con Equo incluida, «que entendemos sólida y un espacio político que toma más calado que una mera coalición electoral».

Lo llamativo del veto es que, al mismo tiempo que se conocía la exclusión del partido verde, Lander Martínez e Isabel Salud anunciaran el registro de la coalición Elkarrekin Podemos-IU, sin ninguna mención al tema.

Tampoco ha sido motivo de pronunciamiento público de las dos candidaturas internas de Podemos. Las dos, la de Martínez, oficial en la CAV, y la de Gorrotxategi, fiel a Iglesias, guardaron silencio. Será que con las cosas de comer no se juega.

Ninguno de los dos sectores de Podemos Euskadi, ni tampoco Ezker Anitza-IU, salen bien retratados de este movimiento, ni en lo político ni tampoco en lo personal. Pero –pregúntenle a Alfonso Alonso– donde manda capitán no manda marinero y tanto en el PP como Podemos, la capitanía está en Madrid.