
El único que puede atreverse a adentrarse en la tormentosa existencia de Shane MacGowan es Julien Temple, que para algo se inicio en el mundo del audiovisual en plena explosión del movimiento punk. El documental sobre el cantante de the Pogues en cierta forma se remonta incluso antes de que el cuero negro y las tachuelas se aliaran con el rock, para recordar que musical y vivencialmente todo había empezado mucho antes en las tabernas irlandesas con el folk más etílico. Sobre la leyenda terrible de MacGowan me consta que es muy cierta, y que puede que hasta se quede corta, si has llegado a conocerlo personalmente y te ha arrojado su copa de vino blanco a la cara, sin quererlo ni beberlo. Es cuestión de saber moverse entre borrachos, y más si llevas una cámara encima, como sólo lo sabe hacer Temple.

Es lógico que el director de ‘La gran estafa del rock and roll’ (1980) deba su fama al documental musical y a su amistad con los Sex Pistols, pero a lo largo de su más que prolífica filmografía ha dominado todos los géneros habidos y por haber. Cierto es que profesionalmente ha vivido de los videoclips, algo en lo que nadie le ha superado, y aún así sus ficciones y biopics no deben ser desdeñados. De la misma manera que ha tenido buen ojo para retratar a los mejores músicos contemporáneos, también ha mostrado interés por figuras históricas de la trascendencia del cineasta maldito Jean Vigo, al que trata igual que lo hace con un roquero terminal como Wilko Johnson o con los difuntos Marvin Gaye o Joe Strummer.

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